Precisión, curiosidad y cuidado, la huella de los laboratoristas en la UNAL

En la UNAL laten los pulsos discretos que sostienen la vida académica: los de los laboratoristas. Foto: Comunicaciones Sede Amazonia.

Por generaciones los laboratoristas han acompañado a estudiantes que llevan consigo no solo técnicas aprendidas, sino una disciplina. Foto: Laboratorio de Anatomía y Fisiología Animal, UNAL Sede Palmira.

El trabajo de los laboratoristas se trata de sostener un equilibrio entre ciencia y cuidado, técnica y disciplina. Foto: Valeria Peña, Unimedios.

Más allá de los equipos y las colecciones, el verdadero corazón del laboratorio es su equipo técnico y sus laboratoristas. Foto: Valeria Peña, Unimedios.

Cada práctica académica también es un acto de memoria y resistencia. Foto: Comunicaciones UNAL Sede Amazonia.

El trabajo del laboratorista no es aislado: forma parte de un engranaje en el que se comparten responsabilidades. Foto: Comunicaciones UNAL Sede Amazonia.

Los laboratorios son un lugar de vínculo humano, en donde la docencia se mezcla con la vida y deja huellas. Foto: Laboratorio de Anatomía y Fisiología Animal, UNAL Sede Palmira.

Los laboratorios de las Sedes Bogotá, Palmira y Amazonia son apenas 3 ejemplos entre los más de 670 presentes en las 9 Sedes de la UNAL. Foto: Valeria Peña, Unimedios.
En la Sede Bogotá, el Laboratorio de Antropología Física guarda colecciones que susurran desde otro tiempo, como el material excavado de los caídos en el combate del Pantano de Vargas en Paipa (Boyacá) en 1819, cráneos y huesos que revelan las condiciones de vida de poblaciones prehispánicas como los chibchas, hasta los restos que permitieron identificar a las víctimas del Holocausto del Palacio de Justicia en 1985.
En Palmira, el Laboratorio de Anatomía y Fisiología Animal alberga tejidos, músculos y huesos de animales como perros y gatos y de otros silvestres como aves, los cuales les revelan sus secretos a docentes y estudiantes, quienes se preparan para cuidar la vida en el campo. Aquí los laboratoristas son coequiperos: ellos preparan, orientan, conservan y acompañan cada práctica para que se convierta en un mapa de aprendizaje.
Y en la Amazonia, los laboratorios son ventanas a la selva. Allí se cuida la colección de algas microscópicas y macroscópicas como las diatomeas –que permiten reconstruir las condiciones ambientales de los lagos de la Amazonia– y otras 100 especies con potencial para limpiar aguas residuales. En estos espacios, los laboratoristas tienden puentes entre la ciencia académica y los saberes ancestrales, acompañan a estudiantes, sostienen proyectos de investigación y extienden la Universidad hacia las comunidades.
Entre contenedores, restos óseos y cuerpos momificados, el equipo técnico del Laboratorio de Antropología Física de la UNAL Sede Bogotá protege en silencio colecciones que guardan siglos de historia. Su labor va desde limpiar superficies para impedir que hongos y bacterias devoren lo irreemplazable, hasta cambiar contenedores que aseguren la preservación y preparar rigurosamente el material que cada estudiante y docente necesita en sus prácticas.
La antropóloga y docente Claudia Rojas resalta el papel de estos profesionales cuya experiencia se forja en la constancia: “ellos saben reconocer el peso de un hueso, la fragilidad de una momia, el cuidado que exige cada instrumento antropométrico —antropómetro, plicómetro, cinta métrica”.
De esta manera han acompañado generaciones de estudiantes que, años después, se convierten en peritos forenses y arqueólogos. Más allá de las técnicas, lo que llevan consigo es la disciplina silenciosa que estos guardianes transmiten en cada detalle.
“El trabajo en el laboratorio es silencioso, pero fundamental. Cada medida, cada registro, enseña a los estudiantes que la ciencia también se construye con paciencia y respeto por los detalles”, añade la docente.
El espacio se llena de aire impregnado de químicos suaves y polvo que nunca se debe acumular demasiado. Sobre las mesas, los técnicos pulen, calibran, ajustan y revisan; entre estantes se protegen huesos frágiles y restos momificados que reclaman respeto. No se trata solo de limpiar o anotar, sino de sostener un equilibrio entre ciencia y cuidado, entre técnica y disciplina, donde cada gesto cotidiano enseña que la precisión también es un acto de responsabilidad ética.
El Laboratorio de Antropología Física se reconoce como un espacio fundamental para la formación y la investigación. En sus instalaciones se han formado peritos, docentes e investigadores que llevan consigo la huella de una disciplina rigurosa aprendida entre sus paredes. Más allá de los equipos y las colecciones, el verdadero corazón del lugar es su personal especializado, guardianes discretos que con paciencia y constancia transmiten el valor de la precisión, la protección del patrimonio y la ética en el trabajo científico.
En Leticia, la humedad del aire envuelve los equipos con la misma fuerza con que el río rodea la ciudad. Allí trabaja la bióloga Daniela Pardo, quien desde hace más de un año coordina los tres laboratorios de docencia e investigación de la Sede Amazonia.
Tales espacios no son simples salas técnicas, son ventanas abiertas al corazón de la selva. En ellos confluyen disciplinas que permiten estudiar la biodiversidad y al mismo tiempo dialogar con los saberes ancestrales de las comunidades indígenas. Microscopios, colecciones biológicas y equipos de campo se ponen al servicio de la investigación y la enseñanza, pero también de un encuentro intercultural que reconoce en la selva un aula viva.
En este escenario, el personal de laboratorio actúa como mediador entre el conocimiento científico y la riqueza del territorio. Son quienes preparan muestras, preservan colecciones y garantizan que cada instrumento funcione con precisión. “Nuestro trabajo es silencioso, pero esencial. Cada muestra que preparamos y cada equipo que cuidamos asegura que los estudios se realicen con la rigurosidad que merecen”, afirma Daniela, coordinadora de laboratorios en la Sede Amazonia.
Su labor no se limita al acompañamiento técnico de estudiantes y docentes, sino que también orienta sobre protocolos de conservación, gestión de proyectos, administración y control de espacios. Por eso Daniela describe la función de este profesional como un apoyo integral que permite la evolución y el desarrollo de las actividades.
“Lo más bonito es ver cómo los estudiantes acceden a equipos que jamás habían usado, cómo aplican lo que aprendieron en clase y transforman sus saberes en proyectos con enfoque territorial”, dice Daniela.
Cada práctica académica también es un acto de memoria y resistencia. Allí preparar un microscopio significa darle al estudiante una herramienta para descubrir la riqueza del territorio; y acompañar un proyecto es aportar a la defensa cultural y ambiental de la región.
El calor húmedo de Palmira se mezcla con el olor del Laboratorio de Anatomía y Fisiología Animal de la Sede. Allí, Ibeth Coronel, laboratorista de este espacio académico, lleva 17 años acompañando a estudiantes que aprenden a leer la vida en músculos, huesos y órganos.
Su labor, silenciosa pero decisiva, incluye preparar y conservar muestras biológicas, organizar los equipos, garantizar condiciones de higiene y bioseguridad, y asistir a los docentes en las clases prácticas. Gracias a ese trabajo constante, miles de estudiantes han encontrado siempre un laboratorio dispuesto para aprender, y la enseñanza práctica se sostiene con la calidad que exige la formación científica.
“Somos coequiperos”, afirma Ibeth con sencillez. Para ella, la docencia práctica es un engranaje colectivo en el que docentes, estudiantes y técnicos comparten responsabilidades. Mientras unos explican y otros aprenden, ella asegura que las condiciones sean las adecuadas para que el conocimiento fluya sin tropiezos.
Orientar a los estudiantes en el manejo de instrumentos, resolver dudas técnicas y mantener en orden los materiales son apenas algunas de sus funciones. En realidad, su aporte consiste en sostener la precisión y el ritmo de un aprendizaje que depende tanto del rigor científico como la dedicación en los detalles.
“Mi trabajo es que todo esté listo y en orden para que los estudiantes se concentren en aprender. Yo cuido los detalles porque sé que de ellos depende la precisión con la que después ejercerán su profesión”, explica.
Más allá de lo técnico, Ibeth habla de la memoria afectiva: egresados que regresan desde Brasil, Francia o España solo para saludarla y agradecerle su paciencia en las prácticas. Eso demuestra que un laboratorio no es solo un espacio académico sino también un lugar de vínculo humano en donde la docencia se mezcla con la vida y deja huellas que atraviesan continentes.
Bogotá, Palmira y Amazonia son apenas tres ejemplos de una constelación mayor: los 670 laboratorios que la UNAL tiene en sus 9 Sedes. En todos ellos el personal de laboratorio es una pieza transversal que sostiene la docencia, la investigación y la extensión.
Así, la Universidad no solo cuenta con espacios y equipos, sino con profesionales que encarnan la paciencia, la disciplina y el cuidado. Como semillas que germinan en distintas tierras, ellos son quienes tienden puentes entre la Institución y los territorios, y aseguran que la ciencia no se quede en los libros, sino que respire en cada laboratorio.