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Salud

Partículas de la contaminación del aire en Bogotá aumentan riesgo de infarto al corazón

    Un estudio realizado con 120 personas atendidas por infarto en Bogotá, permitió diferenciar el impacto de cada contaminante sobre el corazón. El dióxido de nitrógeno, un gas asociado principalmente a las emisiones de motores diésel y de gasolina, mostró el mayor efecto inmediato, al multiplicar hasta por 5,5 el riesgo de infarto en exposiciones de corto plazo. El material particulado también incrementó ese riesgo, y en el caso del PM10, la exposición prolongada se asoció con formas más graves de enfermedad coronaria, capaces de obstruir dos o más arterias del corazón.

    Cerca del 99 % de la población mundial respira aire que supera los límites considerados seguros por la Organización Mundial de la Salud. Se trata de material particulado, un polvo microscópico que permanece suspendido en el ambiente, cuyo promedio anual recomendado no debería superar los 15 microgramos por metro cúbico en el caso del PM10 ni los 5 microgramos para el PM2.5, valores que con frecuencia se exceden en las grandes ciudades.

    Bogotá registra concentraciones que superan ampliamente esas recomendaciones. Según el Informe Mensual de la Red de Monitoreo de Calidad del Aire de junio de este año, los niveles más altos de PM10 se presentaron en las estaciones Carvajal–Sevillana con 67,8 microgramos por metro cúbico y Móvil Fontibón con 47,2. En el caso del PM2.5, las mayores concentraciones también se registraron en Carvajal–Sevillana con 25,9 y en Móvil Fontibón con 14,8, cifras muy por encima de los valores sugeridos para proteger la salud.

    Más allá de que se trate de mediciones mensuales, la calidad del aire en Bogotá incide de manera directa en el riesgo cardiovascular. Estas partículas se intensifican por el uso de combustibles fósiles, los incendios e incluso la quema de pólvora en épocas festivas. Al ser inhaladas, generan procesos de inflamación en todo el organismo, especialmente en las arterias coronarias que llevan la sangre al corazón. Ese proceso vuelve inestable las placas de grasa acumuladas en los vasos sanguíneos y favorece la formación de coágulos que pueden bloquear el flujo sanguíneo y desencadenar un infarto.

    La mayoría de investigaciones previas se han concentrado en los efectos de la contaminación a largo plazo, pero existían pocos estudios que evaluaran el impacto de exposiciones cortas o cambios diarios en la calidad del aire. En ese vacío se inscribe la investigación de Cristian Giraldo Guzmán, especialista en Medicina Interna de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL).

    El paciente como testigo

    El estudio no comparó personas que habían sufrido un infarto con otras que no, sino que analizó los niveles de contaminación a los que estuvieron expuestos los pacientes en distintos momentos de su vida, un enfoque poco habitual en este tipo de investigaciones. Se estudiaron 120 personas, 86 mujeres y 34 hombres, con una edad promedio cercana a los 69 años, que entre 2019 y 2023 sufrieron un infarto agudo de miocardio tipo 1, es decir, provocado por la obstrucción de una arteria coronaria, y fueron atendidas en el Hospital Universitario Nacional.

    La caracterización clínica de esta población permitió dimensionar su nivel de vulnerabilidad frente a la contaminación del aire. El 15,8 % presentaba algún grado de obesidad, el 14,1 % era fumador activo y el 40,8 % exfumador. Además, más del 60 % tenía diagnóstico de hipertensión arterial y uno de cada cinco ya había sufrido un evento coronario previo, condiciones que aumentan la susceptibilidad del sistema cardiovascular frente a los contaminantes ambientales, sin que ello explique por sí solo la ocurrencia del infarto.

    Para cada paciente, el investigador analizó las 24 horas previas al inicio de los síntomas del infarto, consideradas el periodo de mayor riesgo, y las comparó con cuatro días de control, seleccionados dos y cuatro semanas antes y después del evento, siempre en el mismo día de la semana y en la misma franja horaria. Este diseño, conocido como casos cruzados, permite que cada persona funcione como su propio control, lo que elimina diferencias individuales como la genética, la dieta, el hábito de fumar o los antecedentes médicos, y permite aislar el efecto del entorno.

    La única variable que cambió entre esos periodos fue la exposición a la contaminación del aire. Para medirla con precisión, el especialista cruzó las direcciones de residencia y trabajo de cada paciente con los registros históricos oficiales de la Red de Monitoreo de Calidad del Aire de Bogotá, que cuenta con 20 estaciones distribuidas en la ciudad. Así se asignaron los niveles de contaminantes a los que estuvo expuesta cada persona en cada uno de los cinco días analizados, y mediante modelos estadísticos de asociación se determinó si la exposición fue mayor el día del infarto.

    En las 24 horas previas al evento, cuando los niveles de dióxido de nitrógeno superaron los 25 microgramos por metro cúbico, el riesgo de infarto fue más de cinco veces mayor frente a días con aire más limpio. En el caso del PM2.5, concentraciones superiores a 15 microgramos elevaron el riesgo en 35 %, mientras que niveles de PM10 por encima de 45 microgramos lo triplicaron, con incrementos del 324 %.

    “La Red de Monitoreo de Calidad del Aire de Bogotá mide en tiempo real distintos contaminantes, pero el PM10, el PM2.5 y el dióxido de nitrógeno resultaron ser los que más aumentaron el riesgo de infarto al miocardio de manera aguda”, explica el investigador. Para otros gases evaluados no se identificó una asociación estadísticamente significativa en este contexto.

    Esto implica que un día con alerta por mala calidad del aire no solo afecta a personas con enfermedades respiratorias, sino que representa un riesgo elevado para quienes tienen problemas cardíacos, incluso cuando estos aún no han sido diagnosticados.

    A largo plazo, la exposición prolongada al PM10 también se relacionó con formas más severas de enfermedad coronaria. En estos casos, varias arterias del corazón aparecen simultáneamente obstruidas, especialmente la descendente anterior y la coronaria derecha, con bloqueos que en promedio superaron el 90 %, una condición que compromete de manera crítica el flujo sanguíneo y la función cardíaca.

    El calor, un enemigo silencioso

    Los días más cálidos en Bogotá también se asociaron con mayores niveles de contaminación. El análisis mostró que, cuando aumenta la temperatura ambiental, las concentraciones de PM2.5, PM10 y dióxido de nitrógeno tienden a elevarse, lo que sugiere que las variaciones climáticas propias de la sabana pueden agravar la exposición a contaminantes.

    Bogotá, ubicada a 2.640 metros sobre el nivel del mar y rodeada de montañas, es especialmente vulnerable a los fenómenos de inversión térmica. En días cálidos y con cielo despejado, el aire caliente queda atrapado sobre la ciudad, impidiendo que los contaminantes se dispersen y manteniéndolos cerca del suelo, justo donde las personas los respiran.

    Las temperaturas más altas también favorecen la formación de material particulado secundario, producto de la evaporación de compuestos orgánicos derivados de la quema de combustibles y de las emisiones vehiculares e industriales, un cóctel invisible que congestiona tanto las calles como las arterias del corazón.