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Salud

Musicoterapia marcó otro ritmo en recuperación de paciente con derrame cerebral

    Durante 21 sesiones seguidas solo con música –sin fisioterapia ni otras terapias convencionales–, un hombre de 81 años que vivía con secuelas crónicas de un derrame cerebral volvió a levantar por completo su brazo izquierdo, caminó más rápido y con pasos más largos, redujo a cero un dolor persistente y recuperó el ánimo y la motivación. El ritmo, la melodía y los instrumentos –como tambor, guitarra y guacharaca– fueron su rehabilitación.

     

    Lo que ocurrió en esas sesiones pertenece al campo de la musicoterapia neurológica, una especialidad clínica que trabaja con ejercicios musicales diseñados para activar procesos cognitivos y motores después de una lesión cerebral. No se trata solo de hacer música, sino de usar estructuras sonoras específicas para entrenar la atención, la coordinación, la planificación del movimiento y la conexión del cuerpo con el entorno. Este enfoque, sustentado en principios de neurociencia, ha mostrado utilidad en personas que viven con secuelas crónicas de un accidente cerebrovascular.

    “Cierto día apareció como un milagro una terapeuta, quien trajo vida a mi cuerpo, mejoró mi locomoción y me puso muy contento. Caminar llevando el ritmo, usar mis manos para tocar instrumentos, hacer automasaje y relajación fueron las claves que mejoraron mi cuerpo”, dice Carlos Arévalo en la composición que creó como parte de su proceso terapéutico. Luego de un accidente cerebrovascular hemorrágico, él vivía con debilidad en todo su lado izquierdo y rigidez en el brazo.

    La intervención, diseñada y aplicada por María Lorena Correa Posada, magíster en Musicoterapia de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL), se desarrolló durante 8 semanas con ejercicios guiados por un dispositivo que marca pulsos regulares para sincronizar el movimiento (metrónomo), música Groove —ritmos repetitivos y energéticos que facilitan el impulso natural del cuerpo a moverse— e instrumentos como tambor, guitarra y guacharaca. 

    Estos procesos de rehabilitación son relevantes en un país como Colombia, en donde el accidente cerebrovascular es la segunda causa de muerte y deja cada año a miles de personas con secuelas permanentes que limitan su independencia. Según el Ministerio de Salud y Protección Social, en 2023 se registraron 16.946 muertes por esta causa, lo que equivale a una tasa de 32,45 fallecimientos por cada 100.000 habitantes.

    Por su parte la Organización Mundial de la Salud señala que cada año cerca de 15 millones de personas en el mundo sufren una afección de este tipo, de las cuales 6,5 millones fallecen y alrededor de 5 millones quedan con discapacidades que afectan su vida cotidiana. 

    Sonidos que ordenan el cuerpo

    La musicoterapia usa cuatro formas de trabajo: composición, improvisación, escucha activa y re-creación de canciones, y con estas herramientas la magíster Correa acompañó la recuperación de la marcha de Carlos Arévalo.

    “La marcha es fundamental para la autonomía y la participación en la vida cotidiana, por lo que esta variable fue el eje de la evaluación clínica del paciente. Para medir los cambios, apliqué un diseño pre y posintervención que analiza el largo tanto del paso como de la zancada —distancia que recorre una pierna entre un paso y el siguiente— y la velocidad de la marcha, trabajo apoyado por una fisioterapeuta quien tomó las mediciones del movimiento durante la marcha”.

    “Dentro de los recursos receptivos –centrados en la escucha de música o sonoridades– trabajamos una clave rítmica que le permitió a Carlos sincronizar sus pasos. El proceso inició con el metrónomo y avanzó hacia la música Groove. Mientras el metrónomo ofrecía estructura, la música aportaba fluidez y mayor naturalidad al patrón de marcha”, señala la investigadora.

    Las dinámicas de improvisación y creación cumplieron un papel decisivo en la motivación y el aspecto emocional. Gracias a estas actividades, Carlos compuso la Canción de bienvenida y la parodia 24 de julio, piezas musicales en las que narró con sus propias palabras lo que sentía durante el proceso.

    A estos recursos se sumó la interpretación instrumental terapéutica (TIMP), una técnica orientada a que el paciente realice movimientos funcionales a través del uso de instrumentos musicales. En este caso se emplearon tambor, guitarra y guacharaca para inducir patrones rítmicos que facilitaran la extensión del brazo, la flexión del codo, la coordinación bilateral y la fuerza de agarre.

    Una sinfonía de mejoras visibles

    Durante los dos meses en que se realizó la musicoterapia, el paciente no recibió ningún otro tratamiento convencional como fisioterapia o terapia ocupacional, y la evaluación comparativa antes y después de la intervención mostró un progreso cuantificable y clínicamente relevante.

    En la marcha, la longitud del paso aumentó de 26,3 cm a 36,5 cm, un incremento de más de 10 cm que refleja una mayor capacidad para proyectar el cuerpo hacia adelante y un aumento en la seguridad al caminar. Además del paso, la zancada también mostró un patrón más estable y coordinado, lo que se registró durante las mediciones del movimiento.

    La velocidad de la marcha mejoró paralelamente, reduciendo el tiempo necesario para recorrer 4 m: de 9,86 a 9,45 segundos sin bastón. Este indicador es esencial porque está directamente relacionado con la autonomía y con la capacidad para realizar actividades básicas de la vida diaria.

    En cuanto a la movilidad del brazo izquierdo, los resultados fueron especialmente notorios. La flexión del hombro, que al inicio estaba limitada a un rango de 0° a 130°, alcanzó un rango completo de 0° a 180°. De igual manera, la flexión del codo mejoró de 130° a 153°. Estas ganancias no solo evidencian una recuperación funcional, sino que además repercuten directamente en acciones cotidianas como vestirse, asearse y manipular objetos. Según el informe fisioterapéutico, “estos cambios se asociaron con una disminución de la rigidez muscular y a un aumento de la elasticidad y la flexibilidad del tejido”.

    Un hallazgo significativo fue la reducción del dolor. La escala visual análoga (EVA) registró una disminución constante del dolor en la rodilla derecha —sobrecargada por la hemiparesia—: de niveles entre 2 y 4 (en una escala de 10) al inicio, a 0 en la mayoría de las sesiones finales.

    El alivio también se reflejó en la resistencia física del paciente: el tiempo dedicado a los ejercicios de marcha aumentó de 6 a 23 minutos sin que refiriera fatiga, un cambio que la terapeuta atribuyó al aumento de confianza y control corporal logrado a lo largo de las sesiones.

    El cambio emocional también fue claro. La evaluación vincular sonoro-musical (EVSM) registró una evolución desde una actitud corporal “cerrada, tímida e insegura” hacia una postura más “relajada, abierta y con lenguaje corporal distendido pero erguido”. Su esposa, Carmenza, confirmó la transformación: “su estado de ánimo mejoró considerablemente y mostró más iniciativa para las actividades de la vida diaria”.

    La combinación de estas mejoras físicas, emocionales y en la percepción del dolor constituye un testimonio del potencial de la musicoterapia para abordar secuelas del accidente cerebrovascular incluso en fases crónicas.