Mamá, hoy la UNAL te dice ¡Gracias!

La UNAL es un espacio seguro para las madres y el crecimiento de sus hijos. Foto: Alejandro Gómez, Unimedios.

En el jardín las mamás tienen la confianza de que sus hijos estarán en un entorno que les permite aprender y divertirse. Foto: Alejandro Gómez, Unimedios.

Nathaly Rodríguez y su hija Iriani durante su jornada de trabajo en la biblioteca. Foto: Valeria Peña, Unimedios.

Andrea Montoya, trabajadora del área de aseos generales del Uriel Gutiérrez, con la actitud que la caracteriza todos los días. Foto Valeria Peña, Unimedios.

Gracias a su trabajo cada oficina se encuentra ordenada y en perfectas condiciones. Foto: Valeria Peña, Unimedios.

Las jornadas siendo mamá son largas, pero ningún obstáculo es suficiente para luchar por sus hijos. Foto: Alejandro Gómez, Unimedios.

La UNAL hace que las mamás puedan crecer tanto personal como profesionalmente. Foto: Valeria Peña, Unimedios.

El amor de mamá es incondicional y acompaña durante toda la vida. Foto: Alejandro Gómez, Unimedios.

Nancy Moreno, integrante del grupo de vigilancia del Edificio Uriel Gutiérrez, su sonrisa es inconfundible. Foto: Valeria Peña, Unimedios.

Su trabajo es reconocido por quienes todos los días pasan y reciben su saludo. Foto: Valeria Peña, Unimedios.

Iriani tan solo tenía año y medio cuando su madre ingresó a la UNAL, ahora está cursando grado sexto. Foto: Valeria Peña, Unimedios.

Ser mamá es una profesión de tiempo completo, acompañar a sus hijos en el tema educativo es todo un reto. Foto: Valeria Peña, Unimedios.
“Porque siento que, en los cielos, los ángeles susurrándose entre sí no encuentran entre sus ardientes palabras de amor ninguna tan devota como la de madre”. Este fragmento del poema A mi madre, de Edgar Allan Poe, evoca el amor incondicional de quien acompaña, guía y sostiene incluso en los momentos más difíciles, tal vez uno de los sentimientos más profundos que existen.
Hoy, esa palabra que nace del balbuceo de los bebés en sus primeros meses de vida nos transporta a la UNAL, en donde cientos de mujeres han encontrado entre aulas, oficinas, bibliotecas y espacios verdes la oportunidad de seguir soñando y construir un mejor futuro para sus hijos sin dejar de lado sus propios proyectos de vida.
Nancy Rocío Moreno Sarmiento tiene 32 años y una sonrisa que destaca en cualquier lugar. Tiene tres hijos que han sido, como ella dice, su mayor bendición y, aunque la vida no ha sido fácil, nunca pierde la esperanza ni la fuerza con la que cada día desempeña su labor de vigilancia en la recepción del edificio Uriel Gutiérrez de la UNAL, donde palpita buena parte del “corazón” administrativo de la Institución.
“Ser mamá es un privilegio; desde el primer día somos unas guerreras”, expresa con una mirada luminosa, cargada de sueños y expectativas.
Su día comienza antes de las 3 de la mañana, cuando se despierta para adelantar los primeros oficios del día en su vivienda, ubicada en la vereda Quiba Baja, en la localidad de Ciudad Bolívar. A las 4 a.m. ya está saliendo de su casa para tomar el transporte y llegar a tiempo al trabajo, alrededor de las 5:30 a.m. A esa hora, cuando el campus apenas despierta, su saludo suele convertirse en el primer gesto amable con el que se encuentran estudiantes, profesores y trabajadores al entrar o salir del edificio.
A las 6 de la tarde sale de turno y, dependiendo del tráfico, llega nuevamente a su casa entre las 8:30 y las 9 de la noche. A pesar del cansancio, todavía encuentra tiempo para acompañar a sus hijos y brindarles apoyo en las tareas del jardín o del colegio, o escuchar cómo les fue en su día.
Nancy es oriunda de La Victoria, un municipio de Cundinamarca cercano a Mesitas del Colegio; a los 15 años quedó embarazada y tuvo que comenzar a rebuscarse la vida. Trabajó en restaurantes lavando platos, cocinando y apoyando diferentes labores durante los nueve meses en los que tuvo en su vientre a su hijo mayor, Johan Felipe.
Luego, junto a su esposo, trabajó durante varios años en labores agrícolas en municipios como Sibaté, Usme y Chipaque, dedicándose al cultivo de papa, la siembra y el ordeño.
El 15 de diciembre de 2025 llegó a Bogotá con la ilusión de encontrar mejores oportunidades, por lo que comenzó a tocar puertas y enviar hojas de vida mientras enfrentaba la incertidumbre económica.
“Nos vinimos corriendo un gran riesgo, pues no había dinero para pagar más de unos pocos días de alquiler”, recuerda.
Sin embargo, logró ingresar a la empresa de vigilancia con la que actualmente trabaja en la UNAL, lugar en el que asegura sentirse a gusto y agradecida por la oportunidad.
Asimismo, sueña con que sus hijos puedan ingresar a la Universidad en un futuro cercano. Su segunda hija, Danna Sofía, de tan solo 12 años, quiere ser jefa de enfermería para ayudar a sus padres a salir adelante; su hijo de 18 años quiere estudiar algo relacionado con mecánica, pues le apasionan las motos; mientras que Erika, la menor de la familia, con apenas 3 años, se ha convertido en una motivación diaria para seguir adelante.
Como Nancy Rocío Moreno, cuya historia transcurre entre madrugadas y largas jornadas para sacar adelante a sus hijos, Andrea Montoya también ha construido buena parte de su vida alrededor del trabajo, el cuidado y la maternidad. Tiene 51 años, nació en Bogotá y es mamá de Lina, de 32 años, y Karen, de 28. Lleva 14 años trabajando en la UNAL en servicios de aseo general, y su historia demuestra que hay lugares capaces de acompañar distintas etapas de la vida.
“Todos los días son el día de la madre, los hijos nunca deben olvidarse de eso, porque siempre va a ser una parte fundamental de la vida”, asegura Andrea, mientras recuerda que también es abuela, una felicidad que nadie le puede arrebatar.
“¡Amo la universidad y me siento muy bien aquí!”
Su recorrido laboral comenzó en la librería de la Universidad, en el tradicional barrio Las Nieves, en el centro de Bogotá. Después llegó al Claustro de San Agustín, un lugar atravesado por el arte, la memoria y la vida cultural de la Institución.
Entre libros, pasillos y jornadas largas, encontró también la posibilidad de sacar adelante a sus dos hijas mientras asumía sola la maternidad.
Desde hace algunos años trabaja en el quinto piso del edificio Uriel Gutiérrez, donde asegura haberse sentido acompañada y respaldada por sus compañeros. Con el paso del tiempo, la Universidad dejó de ser solo un lugar de trabajo y terminó convirtiéndose en parte de su historia cotidiana.
Sus hijas son su motor y cada día llenan de alegría su vida. No hay cumpleaños, Navidad o celebración que no recuerde con felicidad por la presencia de quienes la han acompañado durante todos estos años.
“Todo el tiempo no se ha comido pollo o carne, pero siempre se ha tenido algo que comer. No se pueden dar lujos, pero sí todo lo que los hijos necesitan, eso es lo que importa”, afirma con convicción.
Resalta que incluso durante la pandemia la UNAL no dejó de apoyarla a ella y a sus compañeras, y que nunca se le ha negado un permiso cuando ha necesitado atender alguna situación personal o familiar urgente.
Por eso sueña con que, algún día, Ivonne Sofía -su nieta- también pueda caminar estos mismos pasillos como estudiante. Después de tantos años, siente que la Universidad ya hace parte de su familia y de la vida que construyó junto a sus hijas.
En cada rincón de la Universidad hay historias que muchas veces pasan desapercibidas; personas con las que nos cruzamos todos los días, que saludamos o nos atienden, sin imaginar todo lo que han tenido que recorrer para llegar hasta aquí.
Este es el caso de la lingüista, egresada de la UNAL, Nathaly Rodríguez Carranza, quien trabaja en el área de atención de la División de Bibliotecas.
Su paso por la Universidad estuvo marcado por las letras, la literatura y la poesía. Su vida, en parte, también ha sido reflejo de ello, pues se parece a aquellas travesías que los protagonistas de una novela deben superar para llegar a buen término.
Su pequeña hija de 10 años, Iriani, la ha acompañado desde que ingresó a la UNAL, cuando ella apenas tenía año y medio. Esto le permitió matricularla en el jardín infantil de la institución, el cual —asegura— fue un apoyo fundamental, especialmente durante la pandemia.
Actualmente, la niña cursa quinto grado en el Instituto Pedagógico Arturo Ramírez Montúfar (Iparm), también vinculado a la Universidad.
“La universidad es nuestro lugar seguro, allá podemos vivir tranquilas, jugar, aprender, sentarnos en cualquier árbol, como si fuera un parque gigante para mi hija en donde podemos compartir. Además, el Auditorio León de Greiff ha sido un espacio para sentirse cómodo; hemos ido a múltiples conciertos de música y en el conservatorio Iriani ha tomado clases de piano”, asegura Nathaly, quien a sus 34 años tiene el bienestar de su hija como prioridad.
“Para las mujeres que son madres solteras es difícil estudiar, pues en la sociedad se obstaculiza y se cree que va a tomar un montón de tiempo. Pero la Institución brinda facilidades para poder lograrlo y que ser profesional no sea solo un anhelo”, añade la lingüista Rodríguez mientras lleva de la mano a su hija por el campus de la sede Bogotá.
Para ella, ser mamá en la UNAL ha sido una experiencia profundamente significativa. “A pesar de las dificultades, los ‘profes’ del jardín han sido increíbles, y hay estudiantes de la Universidad que hacen sus prácticas allí, lo que fortalece la formación de los niños. Dejar los niños en el jardín y poder ir a clase es una garantía para poder estudiar, fue de lo que más ayudó para terminar la carrera, y también apoyos como el almuerzo y la alimentación que nos ofrecen”, indica.
“He crecido junto a mi hija en la UNAL, lo cual nos ha permitido tener una mejor calidad de vida”, asegura Nathaly, mientras recuerda una ocasión en la que entró a clase junto a Iriani, quien aún era muy pequeña. Algunos compañeros se incomodaron por el llanto de la niña, pero la profesora intervino para apoyarla.
“Esto no puede pasar, ella está haciendo un gran esfuerzo por estudiar; hay que apoyarla”, relata.
Por último, deja un mensaje en el marco del Día de la Madre:
“no es un día para romantizar la fecha, si no para detenernos y visibilizar estos esfuerzos y luchas que muchas debemos llevar en silencio, pues la sociedad es injusta y se han normalizado las cargas que tenemos. ¡Busquemos los apoyos en la UNAL! Hay toda una red de mujeres, desde profesoras hasta psicólogas, porque no estamos solas. Podemos ser madres, pero también profesionales”.
Como dice la cantante mexicana Alejandra Guzmán en su canción Yo te esperaba: “El mundo es como es y no puedo cambiártelo, pero siempre te seguiré para darte una mano… le rogaba al cielo que te deje llegar lejos, mucho más lejos que yo”.
El amor incondicional de una madre no se compra ni se encuentra fácilmente. Vive en la voz, la mirada y las manos de quien acompaña incluso en los momentos más difíciles. Por eso, en este Día de la Madre, la UNAL reconoce a todas las mujeres que, desde distintos rincones de la Institución, sostienen a sus familias mientras también ayudan a construir Universidad.