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Artes y Culturas

Los Once, otra forma de contar la historia del Palacio de Justicia

    “Con la inclusión de las voces de víctimas y familiares de los desaparecidos, y en general de todos los protagonistas de este hecho, la novela gráfica Los Once cuestiona los discursos históricos establecidos alrededor de la toma del Palacio de Justicia y problematiza los momentos icónicos y los personajes que estuvieron allí, ya fuera como víctimas, como figuras heroicas o como mártires”.

    Así lo concluye Ángela Viviana Salamanca Martínez, magíster en Historia y Teoría del Arte, la Arquitectura y la Ciudad, de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL), quien en su investigación analiza cómo esta novela gráfica de José Luis Jiménez, Miguel Jiménez y Andrés Cruz (2014) problematiza un discurso histórico como la toma del Palacio y el papel que juega en la construcción de memoria a partir del trágico suceso de 1985.

    “Aunque algunas de las voces que vemos allí son oficiales, como las del presidente de la Corte Suprema de Justicia, periodistas, guerrilleros y militares, también se muestra la perspectiva de los desaparecidos y sus familiares, aspecto que no se cuenta desde la oficialidad, sino que plantea la necesidad de evaluar otras formas de contar y hacer historia”, describe la investigadora.

    En Los Once, los personajes son animales: perros, buitres y ratones (estos últimos haciendo alusión a las víctimas), y a partir de allí se presentan dos historias alternas, una dentro y otra fuera del Palacio. Se trata de una ficción sobre lo que pudieron vivir los desaparecidos aquellos dos días y lo que ocurre fuera es la representación del terror y la angustia de sus familias. En la novela, una abuela ratona y su nieta se ven separadas para siempre de un hombre, su hijo y padre respectivamente.

    Según la magíster, “estas imágenes ilustradas evidencian el sufrimiento que vivieron estas personas no solo en ese momento histórico sino a lo largo de sus vidas, por no saber dónde están sus familiares, ya que el horror de la desaparición forzada se extiende desde el momento en el que ocurre hasta que la persona aparece, viva o muerta; pero si esto no ocurre, sus seres queridos se ven obligados a vivir una vida de zozobra y espera”.

    “Para mí fue un proceso de aprendizaje basado en una metodología de investigación visual, es decir, ver y volver a ver cada imagen las veces que fuera necesario. En este sentido, identifiqué varios aspectos importantes tanto en el tratamiento del discurso como de la imagen, al igual que sus líneas narrativas, momentos y espacios en los que transcurre la historia (dentro del Palacio y fuera de él), testimonios y narraciones por parte de periodistas y medios de comunicación, y el encuentro de voces y protagonistas, lo que se ha contado del Palacio y lo que no”.

    Lo que siempre han contado

    Como resultado de ese análisis visual, la investigadora planteó tres categorías de imágenes que se volvieron icónicas en la toma y retoma del Palacio de Justicia: la irrupción del Ejército con los tanques, el incendio y el lugar en el que fueron evacuados los sobrevivientes, incluyendo los desaparecidos.

    “Empecé a contrastar imágenes de la novela gráfica con las imágenes de prensa de los siete días que siguieron a la toma del Palacio; revisé los periódicos y analicé las imágenes publicadas de la época, particularmente aquellas que tenían relación con las tres categorías mencionadas. Allí identifiqué que muchas de ellas van acompañadas por una nota de pie de imagen cuya descripción no se relaciona de manera objetiva con lo que vemos, sino que está atravesado por un discurso y un interés particular”, observa.

    Un ejemplo de ello es el pie de imagen de la fotografía del tanque que irrumpe en el Palacio: “Tropas protegidas por un tanque cascabel penetran por la puerta principal del Palacio de Justicia para intentar un rescate de las personas tomadas como rehenes por el M-19”. Según la magíster, más que mostrar un rescate, la fotografía evidencia una maniobra militar, un acto de “retomar el poder”, en el cual el bienestar de los rehenes no era una prioridad”.

    La investigadora evidencia que el discurso histórico que se construyó de forma oficial está mediado por intereses particulares, mecanismos de poder y control de información, en el cual la imagen no vale por sí misma, sino que se usa como un instrumento para revalidar tales intereses y discursos.

    El estudio lleva a la magíster Salamanca a concluir que la novela gráfica, publicada 30 años después, “permite construir una memoria que nos ayuda a seguir avanzando en el camino de la verdad, la reparación y la no repetición”.