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Educación

Los jardineros que sostienen la vida en los campus de la UNAL

    Al amanecer, mientras los primeros estudiantes cruzan los campus de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL), Carmelo Hernández ya ha regado plantas bajo el sol húmedo de San Andrés, Carlos Alexis Parales recorre con machete en mano los senderos de la Orinoquia, y Carlos Arturo Daza cuida los jardines que crecen entre las laderas de Manizales, labor que realiza desde hace más de 25 años. Su trabajo, silencioso y constante, mantiene vivos los espacios en donde se aprende, se investiga y se habita la Institución.

    Los campus de la UNAL se extienden entre sabanas, selvas, islas y montañas en donde conviven laboratorios, aulas y ecosistemas que respiran al ritmo de cada región. Son pulmones verdes que regulan la temperatura, mejoran la calidad del aire y sirven de refugio para la biodiversidad, pero también escenarios en donde estudiantes, profesores y administrativos encuentran un lugar para pensar, descansar y aprender más allá del aula.

    En la Sede Caribe, las palmeras altas parecen custodiar la entrada mientras especies como el guayacán real, la drácena o el helecho nido de pájaro se abren paso entre la brisa salina; en la Orinoquia, un campus de más de 500.000 m2 combina infraestructura académica con áreas productivas y experimentales, y en Manizales los edificios se aferran a laderas pronunciadas en donde cada jardín exige cuidado técnico para sostenerse en equilibrio. En todos estos espacios el trabajo de los jardineros es el hilo invisible que mantiene unido el paisaje con la vida universitaria.

    Ese trabajo se materializa en tareas como la poda de árboles y arbustos, la recuperación de prados, el control de plagas, la fertilización de especies y el acompañamiento a procesos académicos vinculados a la botánica y el manejo ambiental, que resultan esenciales para el funcionamiento cotidiano de la Universidad.

    Gracias a este cuidado permanente, los campus se consolidan como entornos seguros y armoniosos, al tiempo que fortalecen una cultura institucional orientada al respeto por la naturaleza y la sostenibilidad.

    Cuidar la vida en el Caribe

    En la Sede Caribe, Carmelo Hernández inicia sus jornadas con tareas organizadas desde el primer día de la semana: barrer senderos, guadañar prados, regar plantas y mantener los jardines en condiciones óptimas forman parte de un trabajo que ha desempeñado durante cerca de dos décadas.

    El clima insular —marcado por altas temperaturas, humedad constante y brisas salinas— exige un cuidado permanente y conocimiento preciso de cada especie. Entre plantas medicinales, ornamentales y aromáticas, su labor se convierte en un ejercicio diario de observación, adaptación y mantenimiento.

    En este proceso ha compartido conocimientos con docentes, biólogos y estudiantes que encuentran en los jardines un escenario práctico de aprendizaje. “Cada espacio recuperado contribuye a que la Sede se mantenga organizada y acogedora para quienes la recorren a diario”.

    “Mantener los jardines limpios y bien cuidados es una forma de aportar para que los estudiantes y profesores encuentren un espacio agradable; mientras las plantas estén bien, uno también siente que está haciendo bien su trabajo”, afirma Carmelo.

    Su experiencia demuestra que el cuidado de las zonas verdes también es una forma de fortalecer el sentido de pertenencia institucional y de promover el bienestar colectivo.

    Entre senderos en la Orinoquia

    En la Sede Orinoquia, Carlos Alexis Parales combina las labores de mantenimiento con el cuidado de las áreas verdes. Su vínculo con la tierra se remonta a la infancia, cuando trabajaba en entornos rurales, experiencia que hoy aplica en el contexto universitario.

    Podar árboles, limpiar maleza y recortar arbustos son tareas que exigen atención constante y coordinación con su equipo.

    En ocasiones, el contacto directo con la naturaleza implica enfrentar riesgos asociados con la fauna o con las condiciones del terreno, propios de un ecosistema en donde la vida silvestre forma parte del entorno cotidiano.

    “Este trabajo uno lo aprende desde joven, trabajando la tierra y cuidando los espacios. Lo importante es que los estudiantes y profesores puedan caminar tranquilos y que el entorno se vea organizado y bien cuidado”, señala Carlos Alexis.

    Durante algunas jornadas ha tenido encuentros inesperados, como la presencia de serpientes o avisperos ocultos en la vegetación. Estas experiencias le han permitido fortalecer prácticas de prevención y trabajo seguro, entendiendo que el mantenimiento de las zonas verdes también implica convivir con los ecosistemas propios de la región.

    “Dedicar tiempo a estos espacios contribuye a mejorar la imagen institucional y a consolidar entornos adecuados para la formación académica”, señala Carlos Alexis.

    La memoria verde de Manizales

    En la Sede Manizales, Carlos Arturo Daza ha acompañado durante más de 25 años la transformación de los campus. Llegó cuando algunos terrenos se encontraban en proceso de adecuación y ha sido testigo de su evolución hasta convertirse en escenarios consolidados de formación e investigación.

    Su trabajo incluye la limpieza de jardines, la siembra de nuevas especies, la fertilización de plantas y el cuidado permanente de arbustos y flores adaptados al clima de montaña. Margaritas, girasoles y aves del paraíso forman parte de un paisaje que, según afirma, “proyecta la imagen institucional hacia visitantes y comunidad académica”.

    La labor de Carlos se extiende entre los campus Palogrande, El Cable y La Nubia, en donde apoya procesos de mantenimiento y adecuación según las necesidades de cada espacio. Para él, mantener estos entornos en buen estado es contribuir a la permanencia estudiantil y al desarrollo de actividades académicas en condiciones adecuadas.

    Con el paso de los años ha visto cómo los campus han cambiado y se han fortalecido, dejando evidencia del impacto que tiene el cuidado constante del entorno físico en la vida universitaria.

    Cultivar el conocimiento

    Aunque cada Sede tiene desafíos distintos, en todas se mantiene una convicción común: el cuidado de las zonas verdes favorece la calidad del ambiente educativo y promueve prácticas institucionales orientadas a la sostenibilidad.

    Los jardines no solo embellecen los espacios: también facilitan el encuentro, el descanso y el desarrollo de proyectos académicos relacionados con la biodiversidad y el medioambiente. De esta manera, mientras las ideas circulan por aulas y laboratorios, también lo hacen entre senderos, raíces y hojas.

    Así, el trabajo cotidiano de quienes cuidan estos espacios contribuye a consolidar entornos dignos y funcionales para la formación integral, reafirmando que el conocimiento no solo se produce en las aulas: también se cultiva en los paisajes que acompañan la vida universitaria.