Ingeniería ambiental y memoria territorial se cruzan en experiencia liderada por egresada de la UNAL

Saray Chavarría y sus compañeros de la Sede Amazonia en el inicio de su formación profesional en 2013. Foto: Saray Chavarría.

El proyecto “La receta de la paz se cocina en comunidad” integró ingeniería ambiental y trabajo comunitario en Palmira.

La cartografía social permitió reconstruir memoria y reconocer transformaciones territoriales.

Saray Chavarría participó como ponente en la Cumbre Global de Pueblos en Oaxaca, México.
Su experiencia en proyectos de cartografía social, justicia ambiental y trabajo comunitario fue el eje de este encuentro virtual organizado por la Coordinación Nacional del Programa de Egresados de la UNAL para destacar trayectorias de egresados que transforman sus disciplinas desde enfoques innovadores y con impacto social.
El UNAL Talks es un espacio de conversaciones y conferencias inspiradoras creado para visibilizar experiencias de egresados, compartir ideas y mostrar cómo distintas áreas del conocimiento dialogan con problemas actuales. En estos encuentros se reúnen literatura, ciencia, memoria, sostenibilidad e ingeniería con propósito, entre otros temas abordados.
A través de su Sede Amazonia, la UNAL promueve una formación que integra el conocimiento técnico con las realidades sociales y ambientales de los territorios. Ese enfoque atravesó la intervención de la egresada Chavarría, quien explicó cómo la ingeniería ambiental puede aportar a procesos de reconstrucción social cuando se trabaja de manera articulada con las comunidades.
“En regiones afectadas por el conflicto armado los impactos ambientales no se pueden entender aisladamente. La degradación de suelos, la contaminación de fuentes hídricas o la transformación de los ecosistemas también están conectadas con dinámicas sociales, económicas y culturales que han dejado huellas profundas en los territorios y sus habitantes”, señaló la ingeniera durante su intervención.
A partir de su formación en la UNAL, la profesional ha participado en proyectos que combinan herramientas técnicas con metodologías participativas. Una de ellas es la cartografía social, un ejercicio colectivo en el que las comunidades identifican afectaciones ambientales, reconstruyen memorias y reconocen cómo han cambiado sus territorios a lo largo del tiempo.
En estos procesos, los habitantes trabajan sobre mapas, fotografías aéreas y recorridos territoriales para ubicar zonas afectadas, transformaciones del paisaje, puntos de conflicto o espacios de valor comunitario. Más que producir mapas, estos ejercicios abren conversaciones sobre la relación entre memoria, territorio y futuro.
“Los territorios también guardan memoria; si no se reconoce lo que ha ocurrido en ellos se pierden oportunidades para reconstruir vínculos”, agrega la ingeniera.
Así el conocimiento técnico deja de ser solo una herramienta de diagnóstico y se convierte en un apoyo para fortalecer decisiones comunitarias y procesos locales de transformación.
Así mismo, la egresada ha desarrollado iniciativas en otros territorios del país como el proyecto “La receta de la paz se cocina en comunidad”, realizado en Palmira, que articuló análisis ambientales con procesos de organización social y participación comunitaria.
Allí se integraron variables técnicas —como la calidad del agua y del suelo— con actividades colectivas que promovieron el diálogo entre habitantes, organizaciones y líderes locales. El objetivo no era solo medir impactos ambientales, sino entender cómo estos afectan las dinámicas sociales y las formas de habitar el territorio.
“Estas experiencias muestran que la ingeniería ambiental puede contribuir a reconstruir el tejido social cuando se trabaja desde enfoques interdisciplinarios y participativos. El dato técnico por sí solo no narra; necesita dialogar con los relatos y las experiencias de quienes habitan estos territorios”, explicó.
Este enfoque también transforma la manera de ejercer la profesión. Más allá de elaborar diagnósticos o mediciones, el ingeniero ambiental puede facilitar procesos de diálogo y acompañar iniciativas comunitarias orientadas a recuperar territorios y fortalecer capacidades locales.
La ingeniera destacó que su paso por la Sede Amazonia fue determinante para construir esta mirada sobre el territorio. Estudiar en una región diversa le permitió comprender que las soluciones ambientales no se pueden plantear a partir de modelos únicos o estandarizados.
Según explicó, la formación en sedes regionales fortalece la capacidad de los profesionales para responder a problemas complejos desde contextos concretos, integrando dimensiones ambientales, sociales y culturales.
Asimismo resaltó el papel de las mujeres en los procesos comunitarios relacionados con el cuidado del territorio y la organización social. Aunque muchas veces estas acciones pasan desapercibidas, han sido fundamentales para sostener dinámicas colectivas en escenarios de adversidad.
“Entender cómo funcionan los territorios implica reconocer esos liderazgos”, comentó.
Durante su intervención, también hizo énfasis en la dimensión ética de la ingeniería ambiental. Señaló que el ejercicio profesional no se puede desligar de los impactos que generan las intervenciones sobre las comunidades y los territorios, especialmente en contextos de vulnerabilidad.
“La neutralidad no es una opción cuando están en juego la vida, los territorios y los derechos de las comunidades”, afirmó.
A partir de experiencias como esta, la UNAL reafirma la importancia de una formación con enfoque territorial, capaz de articular conocimiento técnico, compromiso social y comprensión de las realidades regionales.