Historias que cruzan fronteras: así transforman el mundo los egresados de la UNAL

Los egresados de la UNAL proyectan su formación en escenarios científicos, sociales y regionales dentro y fuera del país. Foto: archivo Unimedios.

De la Reserva de Yotoco a Kew, Óscar Alejandro Pérez lidera investigaciones sobre la evolución de plantas. Foto: Óscar Alejandro Pérez, ingeniero agronómico de la UNAL.

Yoanna Alexandra Pantevis, primera mujer amazónica en graduarse como Doctora en Estudios Amazónicos en la UNAL, evidencia el alcance del Peama. Foto: Yohanna Pantevis, doctora en Estudios Amazónicos de la UNAL.

“Milo” Buitrago muestra cómo la curiosidad puede abrir camino a la ciencia de frontera. Foto: Camilo Buitrago, físico de la UNAL

Desde Tumaco, Cristian Mateo Boya desarrolló soluciones para mejorar el suministro eléctrico en su región. Foto: Cristian Boya, egresado de la UNAL.

Cristian Camilo Pineda impulsa avances en inmunoterapia contra el cáncer desde la investigación internacional.

De las aulas a la investigación global, los egresados de la UNAL reflejan el alcance de la educación pública. Foto: Johanna Paola Echeverry Hernández, magíster en Biología de la UNAL.
Con más de 15.000 egresados beneficiados con estrategias de empleabilidad, cerca de 16.000 beneficiados mediante convenios y más de 1.300 acompañados en iniciativas de bienestar, la Universidad consolida a su comunidad egresada como un actor clave en su proyección institucional y en el desarrollo del país.
A través del Programa de Egresados, la Institución articula estrategias orientadas a fortalecer esta relación, promover la participación y generar oportunidades de crecimiento y conexión. Desde espacios de bienestar y redes de apoyo hasta iniciativas de empleabilidad, emprendimiento, voluntariado y producción de conocimiento, se consolida una relación de doble vía, más dinámica y cercana, en la que los egresados no solo reciben, sino que también aportan desde su experiencia, convirtiéndose en mentores, líderes y agentes de transformación en sus territorios.
Detrás de estas estrategias hay trayectorias diversas que evidencian el impacto de la Universidad en el país y el mundo. Algunas de estas historias —marcadas por la disciplina, el compromiso y el retorno a sus regiones— permiten comprender cómo el vínculo con la UNAL no termina el día de la graduación, sino que se transforma en una relación viva que sigue construyendo sociedad.
A sus 16 años, en una salida de campo a la Reserva Forestal Bosque de Yotoco de la UNAL Sede Palmira, Óscar Alejandro Pérez Escobar descubrió en el contacto con comunidades rurales y en la observación de las orquídeas una forma distinta de acercarse al conocimiento. Fue allí, guiado por un campesino del lugar, en donde comenzó un camino que hoy lo tiene liderando investigaciones en uno de los jardines botánicos más importantes del mundo.
Formado como ingeniero agrónomo, su camino no fue lineal. En la UNAL pasó de ser un estudiante de clase a involucrarse en la botánica, guiado por profesores que lo impulsaron a investigar y pensar en la ciencia como una opción real. Así, mientras avanzaba en una carrera pensada para la producción agrícola, encontró en la investigación botánica un campo que lo sacaba del guion previsto.
Esa apuesta lo llevó primero a la Universidad de Múnich (Alemania), en donde se graduó del Doctorado en Sistemática y Evolución de Plantas con distinción summa cum laude, y luego a escenarios internacionales como el Real Jardín Botánico de Kew, en el Reino Unido, en donde hoy investiga la evolución de plantas como las orquídeas, la coca y la sandía.
“El tránsito no fue fácil”, relata. Este implicó aprender otros idiomas, adaptarse a nuevas culturas y asumir la distancia con su familia. “Es un sacrificio muy grande”, reconoce, pero también una decisión que le permitió acceder a recursos y redes científicas que hoy potencian su trabajo.
En ese recorrido la UNAL no aparece como un punto de partida lejano, sino como el lugar en donde se sembraron las preguntas que aún orientan su trabajo. La formación recibida: rigurosa, pública y abierta al territorio, le permitió no solo avanzar en la ciencia sino también entender que el conocimiento tiene un sentido social.
La historiadora Yoanna Alexandra Pantevis, egresada de la UNAL Sede Amazonia, se convirtió en la primera mujer de la región en culminar la Maestría y el Doctorado en Estudios Amazónicos en esta Sede, creada hace más de 30 años como una apuesta por llevar educación superior a una de las zonas más biodiversas y complejas del país.
Su trayectoria refleja no solo un logro individual sino también las históricas barreras de acceso a la educación superior en la región, especialmente para las mujeres, que poco a poco se han ido superando gracias a estrategas institucionales como el Programa Especial de Admisión y Movilidad Académica (Peama).
Ella formó parte de la primera cohorte de este programa y hoy trabaja en la Oficina de las Naciones Unidas para la Coordinación de Asuntos Humanitarios (OCHA), en donde ha liderado procesos de respuesta en Leticia, en un contexto marcado por múltiples desafíos sociales y ambientales.
Su llegada a este escenario fue posible gracias a las redes construidas con otros egresados y colegas, quienes reconocieron su experiencia en la región y la impulsaron a asumir este rol durante la pandemia por covid-19, uno de los momentos más críticos para la Amazonia.
“Yo decía: ‘yo no sé nada de humanitario’, pero mi amigo insistía en que lo intentara, en que el conocimiento del territorio también era una forma de saber y eso era algo que sí me había dado la experiencia académica y mis antiguos trabajos”, añade la egresada.
Para ella su paso por la Institución no es un episodio cerrado sino una pertenencia que sigue marcando su forma de actuar en la región. Reconoce en la UNAL una formación que no solo le dio herramientas académicas sino también una manera de leer la realidad con sentido crítico y compromiso público.
Por eso cada espacio que ocupa —desde lo local hasta lo internacional— también lo asume como una extensión de esa formación: una forma de demostrar que los profesionales formados en la universidad pública pueden incidir, transformar y sostener procesos en contextos complejos como la Amazonia.
El físico Camilo Buitrago Casas, “Milo”, egresado de la Facultad de Ciencias de la Sede Bogotá, no encaja en la imagen tradicional del científico; él se define como un estudiante normal pero curioso, juicioso y lleno de preguntas, y fue precisamente esa curiosidad la que lo llevó a ir más allá de las clases; a colarse en grupos de investigación y reuniones académicas; a conversar con profesores y a participar en iniciativas de divulgación científica dentro de la Universidad.
Desde temprano se vinculó a espacios de divulgación científica y a grupos de investigación, convencido de que el conocimiento adquirido en la universidad pública debía regresar a la sociedad.
Esa combinación entre disciplina y trabajo colectivo moldearon su perfil como científico. Y fue precisamente en esa formación —rigurosa, crítica y exigente— en donde encontró las herramientas para construir un camino que hoy lo vincula con proyectos de la NASA como el experimento FOXSI, un telescopio que captura imágenes en rayos X del Sol, y que en su versión más reciente busca observar en tiempo real explosiones solares mediante el lanzamiento de un cohete suborbital.
Dicho recorrido comenzó dentro de la misma Universidad, cuando junto a otros estudiantes y con el respaldo del profesor Benjamín Calvo Mozo impulsó la creación de la primera Escuela de Astrofísica Solar en Colombia, un espacio que lo conectó con investigadores internacionales y le abrió las puertas a su carrera en el exterior.
Más que un evento académico, la Escuela fue un punto de encuentro con investigadores internacionales, quienes al ver su trabajo le abrieron una puerta concreta: participar en un proyecto en Estados Unidos. Lo que parecía una experiencia breve terminó convirtiéndose en el inicio de su carrera internacional que lo llevó al Doctorado en Berkeley, y más adelante a la NASA, en donde otros colombianos como él también destacan.
“Con las herramientas que da la Universidad, la curiosidad y el impulso de los profesores, uno termina llegando a escenarios que parecen lejanos; pero eso es una combinación de trabajo, de insistir y de aprovechar las oportunidades cuando aparecen”, afirma.
Desde allí, hoy trabaja en el desarrollo de misiones científicas como telescopios espaciales que estudian el Sol, sin perder el vínculo con Colombia. Mantiene un trabajo constante con estudiantes y jóvenes investigadores, insistiendo en una idea sencilla pero contundente: el talento formado en la universidad pública tiene la capacidad de competir en los escenarios científicos más exigentes del mundo.
El ingeniero electricista Cristian Mateo Boya, egresado de la UNAL Sede Medellín, no llegó a la universidad por azar; proveniente de Tumaco y formado en el Peama, creció con la idea clara de que la educación pública era su camino. Esa certeza lo llevó a atravesar una formación exigente y una experiencia de movilidad que transformó su mirada, de modo que la ingeniería dejó de ser teoría para convertirse en una herramienta con sentido territorial.
Durante la carrera orientó su proyecto de grado a resolver un problema crítico de su región: las fallas en el suministro de energía; para ello desarrolló un sistema de simulación para localizar daños en las redes eléctricas sin necesidad de recorrerlas manualmente, lo que permitiría reducir tanto los tiempos de respuesta como la duración de los apagones.
A través de la Convocatoria Plan Retorno enfocó su trabajo en Tumaco, y junto al profesor Javier Herrera —a quien reconoce por su rigor y exigencia— desarrolló una propuesta basada en la simulación de un sistema capaz de localizar fallas en las líneas de transmisión eléctrica. El objetivo era evitar que los técnicos tuvieran que recorrer kilómetros de red para identificar daños manualmente, reduciendo así los tiempos de respuesta, y con ello la duración de los apagones.
Hoy, aunque su camino profesional lo ha llevado fuera de su ciudad por la falta de oportunidades, mantiene intacto el propósito con el que inició, que es aportar a su territorio. Para él la UNAL representó no solo una oportunidad de formación sino también un punto de partida para demostrar que el conocimiento, cuando se conecta con la realidad, se puede convertir en una herramienta de transformación concreta.
Si en unos casos el conocimiento volvió a las regiones y en otros abrió camino en escenarios internacionales, en la historia de Cristian Camilo Pineda tomó la forma de ciencia de frontera. El biólogo encontró en la educación pública una plataforma para proyectarse en la investigación global. Desde un contexto en el que llegar a la universidad ya era un desafío, aprovechó becas, apoyos institucionales y la exigencia académica para construir una trayectoria que hoy lo vincula con estudios de alto nivel sobre inmunoterapia contra el cáncer.
Formó parte de grupos de investigación en biología celular y de biotecnología, espacios en donde entendió que la ciencia es, ante todo, trabajo colectivo. Ese proceso lo llevó a cruzar fronteras. Hoy es inmunólogo, doctor en Medicina Experimental de una institución canadiense, y forma parte de investigaciones enfocadas en inmunoterapia contra el cáncer.
Uno de los resultados más recientes de su trabajo fue la identificación de una molécula que actúa como nuevo inhibidor del sistema inmune, un freno que al quitarlo potencia el sistema para pelear contra distintos tipos de cáncer. El hallazgo publicado en la revista Nature que abre nuevas posibilidades para tratar distintos tipos de cáncer.
“Las células T tienen frenos y aceleradores; lo que encontramos es un freno interno propio de la célula. Si logramos bloquearlo, el sistema inmune se podría activar con más fuerza y atacar el cáncer de manera más efectiva, independientemente del tipo de tumor”, precisa.
Ahora, en una nueva etapa como investigador posdoctoral, su historia mantiene el mismo hilo conductor, disciplina, formación pública y propósito. Para él, la UNAL no solo le dio conocimiento, sino la posibilidad de demostrar que incluso desde contextos adversos es posible llegar a los escenarios más exigentes de la ciencia global.
En conjunto, estas historias revelan algo que no siempre se dice, pero que sí se evidencia: la UNAL no solo forma profesionales, sino trayectorias que trascienden el aula y se insertan en los desafíos reales del país y del mundo. Desde la ciencia de frontera hasta las soluciones territoriales, sus egresados encarnan una idea sencilla pero contundente: que cuando el conocimiento se forma con rigor y se conecta con la realidad, deja de ser acumulación de saberes y se convierte en transformación.