Guardianes del tiempo en la UNAL

El patrimonio documental de la Institución reúne la vida académica, administrativa y cultural de la Universidad. Foto: archivo Unimedios.

Funcionario del archivo revisa un diploma académico de comienzos del siglo XX, protegido en estanterías móviles y cajas libres de ácido que garantizan su preservación. Foto: División de Gestión Documental Sede Bogotá

Aerofotografía de la Sede Bogotá de la colección de fotografías de la UNAL. Foto: División de Gestión Documental Sede Bogotá.

El archivo de la Institución cuenta con más de 12 km lineales de elementos que guardan su historia. Foto: archivo Unimedios.

Archivistas, restauradores, antropólogos e historiadores, ingenieros, administradores y más componen este equipo interdisciplinar. Foto: División de Gestión Documental Sede Bogotá.

Mapa histórico de la red ferroviaria nacional de 1927, parte de las colecciones cartográficas conservadas en la División de Gestión y Patrimonio Documental de la UNAL. Foto: División de Gestión Documental Sede Bogotá.

El archivo no es solo un depósito, es un museo silencioso. Foto: División de Gestión Documental Sede Bogotá.
En este espacio cada uno de los miembros de la División de Gestión y Patrimonio Documental de la UNAL cumple una labor silenciosa que mantiene viva la memoria de la Institución. El dato es impresionante por sí mismo, pero se vuelve más poderoso cuando se comprende que detrás de cada metro de archivo están las manos de quienes lo mantienen con vida.
Detrás de cada estantería hay un trabajo constante que une precisión técnica y sensibilidad: archivistas que ordenan y describen series documentales, restauradores que les devuelven la forma a papeles dañados por el tiempo, antropólogos e historiadores que interpretan el valor cultural de cada pieza, ingenieros que diseñan estrategias de digitalización y administradores que acompañan la gestión.
“Allí tenemos documentos que reúnen la vida académica, administrativa y cultural de la Universidad. De este acervo forman parte planos originales, fotografías centenarias e incluso legados de profesores como el sociólogo Orlando Fals Borda o el geógrafo alemán Ernesto Guhl Nimtz”, señala Laura Sánchez Alvarado, jefa de la División de Gestión Documental de la UNAL Sede Bogotá.
Conservar la memoria no es tarea sencilla. Cada tipo de material exige condiciones específicas y un manejo riguroso. Los documentos en papel se guardan en cajas libres de ácido, protegidos de la luz y la humedad; las fotografías, negativos y diapositivas se preservan en ambientes fríos y controlados; los planos y mapas reposan en estanterías especiales que evitan su deformación; y las cintas de cine o de audio se resguardan de la oxidación y el desgaste.
El tiempo es el adversario más constante: el papel se vuelve frágil, las cintas se borran, la humedad y el polvo amenazan a diario. Por eso el equipo realiza fumigaciones, limpiezas y revisiones permanentes, un trabajo paciente y silencioso que refleja la responsabilidad de quienes saben que en cada expediente se resguarda un fragmento de la memoria de la Universidad y del país.
“Detrás de cada procedimiento hay un compromiso profundo. No estamos cuidando solo papeles, sino la memoria de generaciones que construyeron la Universidad; esa es la mayor responsabilidad de nuestro trabajo”, afirma María Clara Quiroz, directora de la Oficina Nacional de Gestión y Patrimonio Documental.
El archivo centraliza documentos producidos por más de 300 dependencias de la Universidad y es el resultado de un trabajo colectivo que combina ciencia, paciencia y sensibilidad. Lo que se resguarda no es solo papel, sino la huella tangible de casi dos siglos de historia.
“La identidad está hecha de historia. Los archivos nos permiten conocernos, pensarnos y proyectarnos”, asegura la directora Quiroz.
Además de conservar, el equipo organiza. Cada documento mantiene la huella de su origen, una oficina, una Facultad o un Departamento, y a partir de allí se elaboran inventarios, tablas de retención y series documentales que permiten seguir el rastro de cada pieza. El proceso es minucioso porque de él depende que un estudiante, un profesor o un investigador encuentre a futuro lo que necesita.
El archivo es un museo silencioso donde descansan planos originales del campus de los años cuarenta —unos 8.000 en total—, mapas levantados por Agustín Codazzi, fotografías del siglo XIX y registros de instituciones que formaron parte de la Universidad, como el Observatorio Astronómico o el Hospital San Juan de Dios.
Cada donación también es un legado humano. Entre los fondos más representativos están los del sociólogo Fals Borda, con entrevistas, tablas y fotografías de sus investigaciones, y los del profesor Guhl, impulsor del estudio de la geografía nacional y de la investigación sobre los páramos.
“Los profesores saben que su vida académica puede seguir enseñando más allá de ellos, y deciden confiar su legado a la Universidad”, recuerda la jefe Sánchez, quien destaca la generosidad de quienes entregan sus archivos y permiten que generaciones futuras conozcan de primera mano cómo se construyeron el conocimiento y la memoria institucional.
Entre los documentos se esconden historias curiosas y entrañables. Una fotografía tomada en Medellín en los años 1950 muestra a decenas de estudiantes de Agronomía y a una sola mujer: la primera agrónoma del país. En otra caja aparecen registros del zoológico que alguna vez funcionó en la Universidad. También hay testimonios de las primeras mujeres que ingresaron a distintas Facultades y del nacimiento del primer Instituto de Psicometría, antecedente del actual programa de Psicología. Cada “primera vez” encuentra en el archivo como una voz que se resiste a callar.
Aunque su labor parece técnica, quienes trabajan en el archivo saben que allí también habitan las emociones. “Siempre es emocionante ver a alguien cercano en perspectiva de tantos años, las calificaciones del abuelo, lo que escribió, las fotos”, afirma la directora Quiroz. Ese sentimiento de emoción también alcanza a los funcionarios que han pasado décadas en la Universidad, algunos llevan más de 40 años en el archivo, y su memoria oral complementa la escrita, aportando detalles que los documentos por sí solos no pueden contar.
El archivo también es un lugar de encuentro para estudiantes y profesores. Allí se consultan materiales para tesis, se investigan proyectos de memoria histórica y se organizan exposiciones que le revelan al público lo que normalmente permanece oculto. Muchos familiares llegan buscando rastros de sus ancestros y encuentran calificaciones, certificados o fotografías que los conectan con su pasado. Para quienes los atienden, cada consulta confirma que su trabajo tiene un valor profundo para la comunidad universitaria y para el país.
Más allá de los documentos, el verdadero patrimonio de la Universidad son las personas que los cuidan, quienes convierten el archivo en un espacio vivo en donde la memoria no es polvo acumulado sino un puente entre el ayer y el mañana. Gracias a su labor, las “primeras veces” de la Universidad no se olvidan, los legados académicos siguen enseñando y los rastros de miles de vidas permanecen asequibles.
En sus manos, cada hoja conservada es una victoria contra el olvido. Entre las estanterías interminables y las cajas blancas, los papeles no son pasado: son testigos vivos que acompañan a la Universidad Nacional en su presente y que seguirán dialogando con el futuro. Allí, en la labor callada de quienes cuidan la memoria, la UNAL honra no solo su historia, sino también a las personas que hacen posible que siga siendo recordada.