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Ciudad y Territorio

En Bogotá el silencio es un lujo que solo pueden pagar los estratos altos

    Más del 85 % de las zonas residenciales de la ciudad superan los límites legales de ruido, tanto de día como de noche. Mientras el sur y suroccidente –por ejemplo Bosa, Kennedy, Ciudad Bolívar y Rafael Uribe– cargan con la contaminación sonora más alta, en barrios del nororiente como Chapinero alto o Usaquén todavía se puede dormir con calma. Un nuevo índice revela que el silencio, lejos de ser un derecho, se convirtió en un privilegio marcado por la pobreza y la desigualdad urbana.

    La investigación, liderada por Andruss Mateo Ávila Silva, especialista en Análisis Espacial de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL), no se limitó a medir decibeles: también integró los registros de las estaciones de monitoreo ambiental del Distrito con datos sobre pobreza, densidad poblacional y uso del suelo. Así pudo trazar mapas que revelan cómo las grandes avenidas se convierten en corredores de ruido que atraviesan barrios enteros afectando la vida cotidiana de miles de familias.

    “Durante el día apenas el 12 % de las viviendas residenciales cumplen la norma de 65 decibeles establecida por el Ministerio de Ambiente en la Resolución 0627 de 2006. En la noche la situación es aún más crítica pues solo el 0,3 % de las áreas habitacionales permanece dentro de los límites legales, mientras que en sectores como Kennedy, Bosa y Ciudad Bolívar los niveles superan los 70 decibeles, equivalentes a lo permitido solo en zonas industriales o de espectáculos nocturnos. En otras palabras, Bogotá parece una discoteca que no apaga la música en todo el día”, explica el especialista.

    El problema no es solo la exposición permanente al ruido, sino también la dificultad de encontrar silencio. El estudio evaluó parques y bibliotecas como refugios sonoros y calculó la distancia a pie desde cada barrio. Los resultados muestran que apenas un tercio de los bogotanos vive a menos de 1 km de un espacio silencioso. Sin embargo, muchos de estos lugares están atravesados por avenidas de alto tráfico, rodeados de comercio informal o convertidos en escenarios de eventos masivos que multiplican el bullicio, como ocurrió recientemente con el escenario Vive Claro.

    Casos como el Parque El Tunal, en el sur, muestran esa paradoja: mientras en los mapas aparece como un espacio de silencio asequible para miles de habitantes, en la realidad sus alrededores están saturados de vías congestionadas y actividades ruidosas que impiden disfrutarlo como un verdadero refugio. Algo similar ocurre con el Parque Entre Nubes, en San Cristóbal, que aunque está relativamente cerca de zonas con alta presión sonora, su uso se ve limitado por la inseguridad y la falta de acceso.

    La injusticia sonora en Bogotá

    Para hacer visibles estas desigualdades, el investigador Ávila creó el índice U3, que integra el nivel de ruido, la pobreza multidimensional, la densidad poblacional, el acceso a espacios silenciosos y el tipo de uso del suelo. Esta herramienta mostró que más de la mitad de la ciudad se ubica en un nivel de alto impacto sonoro y una cuarta parte en situación crítica. Los mapas revelan núcleos de “injusticia sonora” concentrados en el sur y el suroccidente, mientras el nororiente disfruta de niveles de ruido más bajos, mayor planificación urbana y mejores condiciones socioeconómicas.

    La construcción del índice se apoyó en registros de las estaciones de monitoreo ambiental de Bogotá entre 2021 y 2024, que midieron el ruido día y noche. Estos datos se cruzaron con información del Censo de 2018 sobre pobreza y densidad poblacional, además de mapas de uso del suelo y localización de parques y bibliotecas. Con herramientas de análisis espacial –como interpolación geoestadística (Kriging), modelos de accesibilidad y correlación espacial– se identificaron las zonas más afectadas.

    Este panorama confirma que el silencio en Bogotá no se distribuye de manera equitativa. Donde hay pobreza, precariedad y mezcla desordenada de usos de suelo (residencias junto a talleres, bares o zonas de carga) la vida cotidiana está marcada por un ruido constante y desgastante. En cambio, quienes tienen más dinero pueden refugiarse en barrios cerrados o sectores con mejores controles urbanísticos, donde la calma todavía es posible.

    Más allá de las cifras, el estudio alerta sobre los efectos del ruido en la salud y en la convivencia. En Bogotá las denuncias por ruido, junto con las riñas, ocupan los primeros lugares en las líneas de atención distritales como el 123. Tener decibeles altos no es solo una molestia sino un factor que deteriora la calidad de vida y las relaciones sociales.

    La investigación hace un llamado a reconocer el silencio como un bien común y parte del derecho a la ciudad que no se debería tratar de un lujo sino de un acto de dignidad, es decir, poder dormir sin sobresaltos, estudiar sin gritos ni motores de fondo, o simplemente caminar por un parque sin sentir el rugido constante del tráfico. Además, plantea que Bogotá necesita políticas urbanas que no solo regulen el ruido, sino que protejan y redistribuyan los espacios de silencio de forma justa. El trabajo fue dirigido y apoyado por el profesor Gabriel Triana Zarate, del Departamento de Geografía de la UNAL.