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Educación

Desde los territorios, las Sedes de la UNAL replantean la formación integral

    La formación integral no es una fórmula única ni un indicador por cumplir. Desde Tumaco, Amazonia, La Paz, Orinoquia y el Caribe, docentes y directivas de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) reivindicaron este concepto como una apuesta política, pedagógica y cultural enraizada en el territorio. En el Primer Encuentro Nacional de Formación Integral se escucharon voces que cuestionan las lógicas estandarizadas y proponen una educación que sane, dialogue y reconozca las trayectorias de vida de estudiantes, profesores y comunidades.

    El evento, realizado en Bogotá, reunió por primera vez a representantes de las Sedes de Presencia Nacional de la UNAL en un espacio de diálogo horizontal. Lejos de imponer modelos homogéneos, el Encuentro permitió visibilizar experiencias pedagógicas ancladas en los saberes locales, la memoria de los territorios y las luchas por una educación más justa y transformadora.

    La formación integral, entendida desde las regiones, se construye a través del reconocimiento del estudiante como sujeto con historia, contexto y lenguaje propios. Atravesada por el territorio, los saberes locales y las trayectorias de vida, el Encuentro evidenció que la formación integral no se impone desde un modelo único, sino que se construye colectivamente a partir de las experiencias y reflexiones de cada Sede.

    Las intervenciones coincidieron en que este concepto sigue en construcción y debe responder a las necesidades de las comunidades, no solo a criterios institucionales.

    En ese sentido, las voces que se alzaron desde las regiones coincidieron en que el territorio no es un escenario pasivo, sino un agente formador. Desde sus historias, paisajes y luchas, cada uno de los representantes propuso caminos distintos, pero convergentes, hacia una formación más humana y transformadora.

    Para la profesora Diana Cortés, representante de la Sede Tumaco, la formación integral se debe reconocer como un proceso que va más allá de la instrucción académica. Desde su experiencia como artista y gestora cultural, subrayó que el reto no es solo formar a los estudiantes, sino también a quienes forman. En Tumaco esta visión se ha materializado en proyectos pedagógicos como las matemáticas musicales, el uso del cine comunitario, las aulas STEAM y los semilleros de arte, los cuales demuestran que educar también es sembrar, escuchar, crear y sanar.

    Desde la Sede Caribe, la voz raizal fue enunciada por la directora de la Sede, Liza Hayes, quien cuestionó el paradigma tradicional de formación. Enfatizó además en la necesidad de una educación que reconozca la identidad, el lenguaje y la historia de las comunidades insulares, y que le permita a cada estudiante ubicarse culturalmente en el proceso formativo.

    “¿Cómo vamos a desarrollar identidad si ni siquiera logramos ubicarnos en nuestra historia? La educación debe permitir que el conocimiento tenga sentido en el lugar en donde se aprende”, señaló la directora.

    Daniel Roberto Vega, director académico de la Sede de La Paz, resaltó que la formación integral en ese territorio se ha construido desde el reconocimiento de las trayectorias de vida de los estudiantes, muchas de ellas marcadas por el desplazamiento y la exclusión. Indicó además que el año inicial de estudios generales permitió establecer espacios de diálogo y escucha para comprender esas realidades. “Los relatos de los estudiantes nos mostraron que era necesario pensar el proceso educativo a partir sus condiciones de vida, no desde modelos externos”, afirmó.

    También señaló que la UNAL no puede reproducir las lógicas extractivas que históricamente han afectado a la región, sino comprometerse con procesos de acompañamiento sostenido y escucha activa.

    Desde la Sede Amazonia, la profesora Dany Machado trazó una línea crítica frente a la folklorización de la diversidad, afirmando que “la diversidad no es folclor, sino epistemología, es lenguaje, es resistencia, y se debe construir a partir de la pluralidad cultural, lingüística y territorial que caracteriza a la región”.

    Precisó además que la formación integral se apoya en experiencias pedagógicas directamente ligadas al entorno natural y cultural, señalando que los llamados “laboratorios vivos” permiten aprender en interacción con el territorio, superando enfoques exclusivamente técnicos o teóricos. “Nuestros laboratorios son vivos, el campus está en el campo, y eso es lo que ofrecemos”, aseguró.

    Por último, desde la Sede Orinoquia la docente Adriana Isabel Orjuela expuso una mirada crítica a las raíces del concepto de formación integral. En su intervención propuso recuperar la idea de currículo vivo, inspirada en la educación popular, en donde lo colectivo prima sobre lo individual. “Todo acto educativo es un acto político. No podemos seguir curricularizando la vida hasta convertirla en un formulario”, añadió.

    A pesar de las diferencias de tono, historia y énfasis, las voces coincidieron en algo esencial: la formación integral no puede ser una etiqueta institucional vacía, debe vivirse como una práctica cotidiana, coherente con el entorno y sensible a los sujetos. Una práctica que abrace la diferencia, escuche el conflicto, dialogue con el territorio y transforme no solo las aulas, sino también a quienes las habitan.