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Educación

Cuerpos que enseñan: la memoria académica del Anfiteatro de la UNAL

    El silencio del Anfiteatro Darío Cadena Camacho, de la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) Sede Bogotá, no se parece a ningún otro en el edificio 471: no es el de la biblioteca ni el del aula antes de empezar clase. Tiene un silencio denso, casi suspendido, sostenido por la presencia de cuerpos que, aun después de la muerte, siguen enseñando.

    Bajo la luz blanca que baña las mesas de acero, los estudiantes tienen su primer encuentro con un paciente que marcará para siempre su formación: un cadáver convertido en maestro. Desde hace más de 40 años, este espacio ha acompañado a generaciones enteras de profesionales de diversas áreas.

    “El primer paciente que tienen los estudiantes es el cuerpo que se encuentra en el Anfiteatro”, resume el profesor Héctor Mauricio Rodríguez, director del Departamento de Morfología. Ese primer contacto no solo revela la anatomía humana, también confronta a los futuros profesionales con la fragilidad de la vida y con el respeto que exige toda práctica médica.

    Un corredor hacia el silencio

    Los estudiantes ingresan a las seis salas que componen el Anfiteatro, y desde el primer paso la experiencia los marca. Tras cruzar la gran puerta, un vestíbulo conduce a un corredor flanqueado por hileras de casilleros que parecen custodiar el tránsito. Dos salas están destinadas al estudio de huesos y osteología; las otras cuatro a las prácticas con cuerpos donados. Acompañados por docentes, ellos aprenden que cada arteria desviada, cada músculo deteriorado y cada variación anatómica guarda una historia distinta.

    En esas salas los esperan los cuerpos, convertidos en instrumentos silenciosos de aprendizaje. Según Liany Ortega, directora del Anfiteatro, algunos han permanecido allí hasta 15 años, gracias a técnicas de preservación con formaldehído y otras soluciones que les permiten resistir el paso del tiempo. Cada estructura se vuelve así una lección viva. La muerte deja de ser ausencia para transformarse en conocimiento.

    Futuros médicos, odontólogos, fisioterapeutas, terapeutas ocupacionales, nutricionistas, antropólogos, artistas y estudiantes de ciencias forenses encuentran en el cuerpo humano un territorio de aprendizaje indispensable para sus profesiones. Cada grupo lo aborda desde su mirada: los de odontología exploran la complejidad del cráneo y las estructuras faciales; los fisioterapeutas y terapeutas ocupacionales estudian la mecánica del movimiento; los nutricionistas comprenden la organización del sistema digestivo; los antropólogos y forenses leen en huesos y tejidos las huellas de la historia y la justicia; y los artistas hallan inspiración en músculos y formas.

    Actualmente el Anfiteatro conserva 12 cuerpos, y cada semana recibe entre 1.000 y 1.300 estudiantes. En este espacio transversal confluyen disciplinas, sensibilidades y saberes, todos atravesados por una pedagogía basada en el respeto y la ética.

    No todos afrontan este primer encuentro de la misma manera. Algunos sienten miedo o rechazo; otros cargan recuerdos dolorosos de la violencia en el país. “Hay un respeto lleno de humildad, porque enfrentarse a la muerte nos hace ver nuestra propia fragilidad”, explica el profesor Rodríguez. Para reforzar esa sensibilidad, los estudiantes suelen asignarles nombres a cada cuerpo, evitando así que se conviertan en simples objetos de estudio.

    Al finalizar su ciclo académico, los cuerpos son inhumados en terrenos de la Universidad, en ceremonias que dignifican su tránsito y reconocen el valor de su legado silencioso.

    Donación: legado y dignidad póstuma

    La profesora Ortega, quien lleva la batuta de este laboratorio, explica que la donación de cuerpos es un acto de voluntad anticipada. Quienes deciden entregar el suyo a la ciencia lo hacen mediante escritura pública, con pleno conocimiento de que su legado les servirá a miles de estudiantes.

    Muchas de estas donaciones provienen de exalumnos, administrativos, familiares de estudiantes o ciudadanos que, agradecidos con la Universidad, eligen permanecer vinculados a ella después de la muerte. Así, cada cuerpo se convierte en un profesor anónimo que prolonga su presencia en la memoria de quienes aprenden con él.

    “Las personas saben que estarán aquí, presentes de otra manera, sirviéndole a la sociedad y a las ciencias de la salud. Por eso siempre hablamos de dignidad póstuma”, puntualiza la docente, recordando que en ellos se deposita un acto de confianza hacia la Institución y hacia las nuevas generaciones.

    Los profesores recuerdan anécdotas que revelan la curiosidad de los primerizos. Algunos estudiantes preguntan de dónde provienen los cuerpos; otros confiesan su temor a tocarlos. A veces surgen bromas, como aquella en que un profesor respondió a los más nerviosos que “los que pierden la materia terminan en el Anfiteatro”. La risa nerviosa dio paso a la reflexión. Más allá de los mitos, allí se aprende a tratar con respeto la materia más sagrada de la medicina: el cuerpo humano.

    En estas salas el aprendizaje no se limita a memorizar músculos y nervios, también es una lección ética. Cada práctica está acompañada de recomendaciones precisas para no dañar tejidos, preservar órganos y cuidar la integridad del material anatómico. Incluso los exámenes parciales se realizan directamente sobre ellos, y el profesor les recuerda a los estudiantes que cada error o descuido afecta no solo su nota, sino también la oportunidad de aprender de toda la comunidad.

    De la disección a la humanidad

    En sus inicios, el Anfiteatro de la UNAL era un espacio centrado casi exclusivamente en la disección. No existían ceremonias de inducción ni procesos de sensibilización hacia los estudiantes. Esa visión cambió con el tiempo, y hoy cada curso comienza con charlas sobre el respeto y la responsabilidad que implica custodiar los restos humanos donados.

    El profesor Rodríguez insiste en que este cambio no es menor: “antes el respeto era tácito, pero no se explicitaba. Ahora buscamos que cada estudiante entienda que la persona frente a ellos tuvo una historia y merece el mismo trato digno que un paciente vivo”. Esta transformación histórica convierte el Anfiteatro en un lugar donde no solo se enseña anatomía, sino también humanidad.

    A pesar de los avances tecnológicos, de la llegada de programas virtuales y de las limitaciones de otros métodos, la experiencia de tocar un músculo real, observar directamente una vena o reconocer variaciones anatómicas únicas sigue siendo insustituible. Como señala la directora Ortega, “nada es más valioso que estudiar en un cuerpo real”.

    Más allá de lo técnico, el Anfiteatro es un escenario simbólico para la Universidad, un lugar donde la muerte se convierte en una lección de vida. Cada cuerpo donado prolonga su función social, enseñándoles a nuevas generaciones lo que ningún manual puede mostrar. Para los profesores, trabajar en este lugar implica un sentimiento de gratitud hacia los donantes, una responsabilidad de custodiar sus historias y un compromiso con sus familias.

    Más allá de la práctica médica, este espacio también refleja la relación entre la Universidad y la sociedad. Al salir del Anfiteatro, los estudiantes cargan consigo más que conocimiento: llevan una lección silenciosa, aprendida sin palabras, que los acompañará durante toda su carrera. La crónica de este espacio no se escribe solo en libros, sino en cada médico que alguna vez sostuvo un bisturí sobre la piel fría de un cuerpo donado.

    En esas salas de silencio, la UNAL honra la historia de quienes eligieron enseñar más allá de la vida. Allí la muerte no es un final, sino la primera clase.