Bibliotecólogos de la UNAL: el puente entre la incertidumbre y el conocimiento

Cada mañana Ana Karina Padilla abre la Biblioteca de la Sede Caribe, un espacio aún sin nombre que ya recibe a sus usuarios. Foto: Ana Padilla, bibliotecóloga UNAL Sede Caribe.

De la administración al mundo de los libros, Ana Karina Padilla encontró en la Biblioteca su oficio desde 2012. Foto: Ana Padilla, bibliotecóloga UNAL Sede Caribe.

Juan Carlos Caicedo inicia la jornada en la Biblioteca Gabriel García Márquez, en la Sede Bogotá, a las 7 de la mañana. Foto: Alejandro Gómez, Unimedios.

Martha Mireya Pinzón, de la Biblioteca de la Sede La Paz, trabaja en un espacio del campus que se ha convertido en punto de encuentro. Foto: Martha Mireya Pinzón Pérez, profesional especializado de la Biblioteca Sede de La Paz.

Con tres décadas de trayectoria, Martha Helena Pineda ha acompañado el paso de las bibliotecas, de lo manual a lo digital. Foto: Martha Helena Pineda Uribe, jefe Sección Biblioteca UNAL Sede Manizales.

Orientar búsquedas, recomendar lecturas y conectar a los usuarios con la información forma parte del trabajo diario en las bibliotecas. Foto: Ana Padilla, bibliotecóloga UNAL Sede Caribe.

La Biblioteca Gabriel García Márquez reúne una de las colecciones más amplias de la UNAL en la Sede Bogotá. Foto: Alejandro Gómez, Unimedios.

Entre estanterías y archivos, cada sección de la biblioteca abre rutas distintas para quienes buscan información. Foto: Alejandro Gómez, Unimedios.
Las Bibliotecas de las 9 Sede de la UNAL responden a las particularidades de su territorio y de su comunidad académica. Por ejemplo en Bogotá el sistema alcanza una escala más alta, con 13 bibliotecas, entre ellas la Gabriel García Márquez como principal punto de referencia. En conjunto, la Institución suma 22 bibliotecas en el país, una red que articula servicios, colecciones y formas de acceso al conocimiento en contextos muy distintos.
Aunque forman parte de la vida universitaria, estos espacios no están restringidos a estudiantes y profesores. Es común que personas externas acudan a consultar materiales, y a una parte importante de los recursos también se puede acceder en línea. A esto se suma una programación que amplía su uso más allá del préstamo de libros, con actividades como cine-foros, conversatorios, talleres, exposiciones y encuentros académicos que convierten las bibliotecas en espacios activos dentro de cada Sede.
En el centro de ese movimiento están quienes sostienen su funcionamiento diario: bibliotecarios y bibliotecólogos que comparten tareas como orientar búsquedas, recomendar lecturas, organizar colecciones y responder consultas que llegan por distintos canales. Más allá de que su formación sea diferente, su trabajo coincide en acompañar a los usuarios en el proceso de encontrar —o incluso precisar— la información que necesitan. Las siguientes son algunas de sus historias.
Después de formarse en la Universidad del Quindío, Martha Mireya Pinzón Pérez llegó a la UNAL en 2003, y tras varios años en el Sistema Nacional de Bibliotecas, en 2019 llegó a fortalecer el trabajo que en la biblioteca en la Sede de La Paz inició con la profesional universitario Yamile Martínez . Desde entonces su trabajo ha estado atravesado por una idea clara: la Biblioteca como un espacio de acceso. “No sabemos todo, pero sí dónde encontrarlo”, dice.
Vive a varios kilómetros del campus, por lo que el desplazamiento forma parte de su oficio. Por eso inicia el día a las 5:30 de la mañana y a las 6:40 ya está en la Sede, lista para abrir a las 7.
Trabaja en el Área de Servicios junto a otra persona, en una rutina donde las tareas se superponen: orientar búsquedas, hacer referencias personalizadas, responder correos y mensajes, prestar y recibir libros, y organizar talleres. “Se nos va todo el día haciendo una cosa y otra”, resume. Hacia las 4 de la tarde termina la jornada formal, aunque en la Biblioteca el movimiento no siempre baja a esa hora.
A 36 °C, la Biblioteca se ha convertido en un punto de encuentro para los estudiantes, muchos de los cuales llegan temprano y permanecen allí buena parte del día, en parte porque es uno de los pocos lugares del campus con aire acondicionado.
Con el tiempo Mireya ha ampliado el alcance de la Biblioteca, llevándolo más allá del préstamo de libros; ha impulsado actividades como cine-foros, juegos y proyecciones, y ha abierto el espacio a exposiciones de trabajos de grado y proyectos culturales. También ha buscado articular la Biblioteca con programas académicos y vincular a estudiantes de distintos territorios, incluidos aquellos provenientes de comunidades indígenas de la Sierra Nevada de Santa Marta y la Serranía de Perijá.
La historia de Juan Carlos Caicedo comenzó en 2005, cuando entró a trabajar en la Librería de la UNAL, en la Plazoleta de Las Nieves del Centro de Bogotá. Durante más de una década su rutina giró alrededor de los libros… venderlos, recomendarlos, ordenarlos, un camino que en 2020 lo llevó a la Gabriel García Márquez, en la Sede Bogotá, la Biblioteca más importante del Sistema Nacional de Bibliotecas.
A las 6 de la mañana ya hay estudiantes entrando y ocupando mesas. De lunes a jueves el movimiento se extiende hasta las 10 de la noche; los viernes la jornada termina a las 4 de la tarde y los sábados a las 5. En ese flujo constante, el trato con los usuarios es clave. “Respeto, amabilidad y deseo de colaborar”, resume Juan Carlos.
Su trabajo consiste en ayudar a otros a encontrar lo que buscan, incluso cuando no lo tienen claro. A eso se suman tareas como la catalogación de materiales, que puede alcanzar entre 50 y 100 registros por semana entre libros, archivos y tesis.
En uno de los pisos altos de la Biblioteca el oficio adquiere otra dimensión: la Sala José Félix Patiño Restrepo resguarda cerca de 400 libros editados entre los siglos XVI y XIX, en áreas como historia, literatura y medicina. Se trata de una colección poco visible para el público general, pero fundamental para la investigación y para la memoria de la Universidad.
Entre estas piezas hay ediciones únicas en el país, como las cuatro ediciones de Historias Naturales: la italiana de 1516, la de Johann Froben de 1530, la primera traducción al español publicada en 1624, y su versión en inglés de 1601. También se conservan dos pequeños volúmenes que pertenecieron a Francisco de Paula Santander, con sus firmas originales, un vínculo directo con los orígenes de la educación pública en Colombia.
Hoy parte de ese patrimonio también se consulta en formato digital gracias a procesos de digitalización que permiten acceder a estos libros en pantallas dentro de la misma sala.
En San Andrés, sobre la vía a San Luis, funciona una de las bibliotecas más pequeñas de la Universidad: la de la Sede Caribe. Aún sin nombre y en proceso de consolidación, este espacio forma parte del Instituto de Estudios Caribeños y durante años operó como centro de documentación.
Allí trabaja Ana Karina Padilla, administradora de empresas que llegó al Área de Bibliotecas en 2012. Desde entonces su labor ha sido sostener el funcionamiento diario de un lugar que, aunque discreto, cumple un papel específico dentro de la Sede.
Su jornada va de 8 ocho de la mañana a las 12 del día, y de 2 a 6 de la tarde. En ese tiempo atiende consultas que se concentran en temas muy ligados al territorio, como la historia del Archipiélago, el turismo y el medioambiente, además de una demanda constante por literatura isleña.
Entre los materiales disponibles hay publicaciones que difícilmente se encuentran fuera de la Isla; una de ellas es Álbum San Andrés, de Katherine López Cardona, un recorrido visual y narrativo por la historia del territorio que incluye imágenes del fondo marino y rinde homenaje a la escritora Heizel Robinson.
También forman parte de la colección trabajos como Fauna y flora de la isla de San Andrés, un inventario construido a partir de investigación sobre las especies del Archipiélago y que solo está disponible en esta Sede.
Durante años, Martha Helena Pineda Uribe estuvo vinculada a la Dirección de la carrera de Administración de Empresas, hasta que decidió trasladarse al Sistema de Bibliotecas de la Sede.
Desde entonces ha sido testigo de una transformación profunda. “Pasé de organizar colecciones cerradas y ficheros manuales de título, autor y materia, a trabajar con sistemas digitales que automatizan los procesos”, cuenta Martha mientras hace un recorrido que resume varias etapas de la historia reciente de las bibliotecas.
Su formación como licenciada en Biología y Química le dio una base de rigor científico, pero fue en la Bibliotecología en donde desarrolló una capacidad especial para entender cómo acceder a la información y facilitarles ese proceso a otros.
Lleva 30 años en la Sede Manizales y hoy lidera un Sistema de Bibliotecas distribuido en tres campus: en Palogrande funciona la Biblioteca Alfonso Carvajal Escobar, en El Cable la Biblioteca Germán Arciniegas, y en La Nubia la Biblioteca Carlos Enrique Ruiz, con horarios que se extienden durante toda la jornada académica.
La Sede ha sido pionera en implementar la atención continua en momentos clave del semestre, como finales o entregas de trabajos, y en desarrollar herramientas que apoyan la investigación, especialmente en la construcción de estados del arte y la revisión de la calidad de los trabajos de grado.
Después de 30 años la mirada de Martha Helena sobre el oficio mantiene un énfasis constante: “que los estudiantes no pierdan la curiosidad; las bibliotecas son el puente entre la incertidumbre y el saber”, afirma. Más allá de los cambios tecnológicos, de los ficheros a los sistemas digitales, su tarea sigue siendo facilitar el acceso al conocimiento.