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Medioambiente

Colombia, octavo deforestador del mundo

La ONU declaró el 2011 Año Internacional de los Bosques para crear conciencia sobre la necesidad de detener la deforestación y degradación que están sufriendo estos ecosistemas en el mundo.

Bogotá D. C., 29 de julio de 2011Agencia de Noticias UN -

En Colombia, el 36,2% de los bosques han sido convertidos en pastos, y el 38,2%, en rastrojo o vegetación secundaria. Foto: Notimex.

Las Naciones Unidas declararon el 2011 Año Internacional de los Bosques con el fin de detener la deforestación y degradación de estos ecosistemas en el mundo. Fotos: Unimedios

La reducción de las altas tasas de destrucción de árboles y plantas en los países tropicales debe asumirse como una prioridad inmediata.

La deforestación se ha maximizado principalmente en los bosques tropicales, generando el 20% del total de gases efecto invernadero (GEI) que se liberan anualmente a la atmósfera. Esta cantidad equivale al total de emisiones de países como China o Estados Unidos.
Por ello, la reducción de las altas tasas de destrucción de árboles y plantas en los países tropicales debe asumirse como una prioridad inmediata, dada su alta viabilidad de disminuir en el corto plazo las emisiones de GEI, ante la negativa actual de los países industrializados de modificar sus sistemas de producción.

El panorama en Colombia es bastante desalentador. Se estima que el total de bosques naturales remanentes (incluidos los intervenidos) alcanza los 610.000 km2 (aproximadamente el 53% del territorio nacional), ubicados principalmente en las regiones Amazónica, Pacífica y Andina.
Según datos obtenidos en un estudio reciente, en el que participaron investigadores de la Universidad Nacional de Colombia, el contenido de biomasa aérea (cantidad de materia viva almacenada en tallos, ramas, hojas y frutos) es de aproximadamente 241 toneladas por hectárea (t/ha-1). Ello representa en general más de 7 mil 232 millones de toneladas de carbono (t C), que corresponderían a cerca de 26 mil 518 millones de toneladas de dióxido de carbono (CO2), GEI no liberadas a la atmósfera. Esta suma se iguala a las emisiones globales anuales provenientes de combustibles fósiles.
Dicha información le permitirá al país iniciar con mejores argumentos la búsqueda de mecanismos de financiación para emprender proyectos orientados a la reducción de emisiones por deforestación y degradación (REDD) de los bosques.
El mismo estudio revela que, a escala nacional, la tasa de deforestación anual estimada en el periodo 2000-2007 fue de 336.000 ha: 36,2% de bosques fueron convertidos en pastos y 38,2% en rastrojo o vegetación secundaria que terminó igualmente convertida en potrero. En valores netos (no porcentuales), esto ubica a Colombia en el no muy honroso octavo lugar entre los países con mayor deforestación en el mundo.


Estado de pérdidas y… ¡solo pérdidas!
El mayor problema radica en que en países megadiversos como Colombia, que se estima alberga el 10% de la fauna terrestre del planeta –gran parte de esta desconocida para la ciencia–, la deforestación no solo contribuye al calentamiento global mediante la emisión de GEI, sino que además promueve la pérdida de especies, principalmente por la destrucción de su hábitat. Así, se disminuye la posibilidad de identificar nuevas herramientas y oportunidades de desarrollo con base en productos derivados del bosque. Igualmente, el menoscabo de la floresta promueve el detrimento de servicios ecosistémicos como la capacidad de regulación hídrica y la ya mencionada reducción de captura de CO2, entre otros, afectando directamente la variabilidad climática.
Desde el punto de vista económico, los bosques en Colombia aportan el 0,21% del PIB nacional. Este porcentaje, casi nulo para el desarrollo socio–económico del país, y el hecho de que un componente que ocupa prácticamente la mitad del territorio nacional tenga tan baja participación en la generación de ingresos, tiene origen en diferentes causas:

1) Cultural: los esquemas mentales de progreso de nuestra sociedad, los cuales fueron impulsados por políticas gubernamentales durante varias décadas, dan valor agregado a tierras degradadas pero que no tengan bosque. De esta forma, se ha promovido la expansión de la ganadería extensiva y la conversión de bosque a pastos, contribuyendo a su vez al aumento de la inequidad económica y social.

2) El conflicto armado y la inseguridad de las áreas rurales que no han permitido el surgimiento de sectores económicos alternos como el turístico. En otros países de la región, como Costa Rica, esta actividad es hoy en día la mayor fuente de divisas y el motor del desarrollo nacional.

3) La falta de investigación sobre las potencialidades del bosque, sobre todo en el desarrollo de la industria cosmética y farmacéutica, que significaría un valor agregado de magnitudes suficientes para promover y permitir la conservación y restauración de los ecosistemas naturales; programas de este tipo se vienen adelantando en países vecinos como Brasil, Costa Rica y Panamá.
Por todas estas razones, en Colombia ha resultado bastante complejo implementar incluso modelos apropiados de aprovechamiento y manejo sostenible de por lo menos el recurso maderero, lo que prácticamente ha conducido al deterioro y extinción de algunos tipos de bosque como el Guandal y el Catival, otrora fuente casi única de abastecimiento de algunas empresas del sector.


De proveedores a transformadores
El potencial de la diversidad –hoy relegado a un segundo plano por la minería–, las concesiones madereras y el efecto del carbono sobre el calentamiento global merecen un capítulo aparte, ya que enfatizan la necesidad de que el país deje de ser proveedor de materias primas brutas y pase a ser transformador con excedentes económicos que aporten al desarrollo.
En una nación como Colombia, hoy tecnológicamente muy distante de otras como Corea (con la cual no tenía mayores diferencias en este aspecto hace 20 ó 30 años), la diversidad natural debería tener el valor que se merece dentro de las cuentas nacionales ambientales. Para ello, es menester modificar las actuales políticas de protección a ultranza que no permiten acceder a la información científica requerida para operar.
No debemos avanzar únicamente en la caracterización de la diversidad desde el punto de vista cualitativo al nivel de especie, sino buscar  también el máximo de beneficios posibles de la cuantificación y caracterización de la diversidad genética y química, que es donde subyacen los cimientos para la reconstrucción de una nueva política forestal. Seguir bajo los actuales modelos de protección sin inversión en inventarios y cuantificación solo conlleva al incremento del deterioro ambiental y, por ende, al aumento de la inequidad social. En todo este camino, el papel que debe jugar la educación será fundamental.

Lea este artículo completo en: http://www.unperiodico.unal.edu.co/dper/article/colombia-octavo-deforestador-del-mundo.html.

(Por: Fin/Álvaro Duque, Departamento de Ciencias Forestales UN en Medellín /feb/lrc
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