Ardilia, la red viva de lenguas que canta la memoria indígena de la Amazonia

Ginel Dokoe, del pueblo Bora-Murui, interpretando un canto de fakariya de la variante muruik+. Fotos: Archivo Laboratorio de Lenguas y Diálogo Simétrico de la UNAL Sede Amazonia.

Casetes originales con cantos en lenguas bora y miraña, recuperados y digitalizados por Ardilia.

Mayores de diferentes pueblos indígenas comparten saberes durante el encuentro de cierre del proyecto de extensión Ardilia.

Elicio Zafiama, del pueblo Murui, interpreta un canto de fakariya de la variante jimok+.

Encuentro intergeneracional en la maloca: sabedores, docentes —el profesor Juan Álvaro Echeverri en el centro— y estudiantes de la UNAL.

Participantes del evento académico-cultural en Leticia durante la jornada del 6 de junio realizada en la Maloca Casa Hija, de la UNAL Sede Amazonia.

Estudiantes presentan avances del trabajo con comunidades.
“Este proyecto nació del diálogo, no de una imposición académica ni de una demanda externa. El Ardilia es un proceso que ha crecido al ritmo de las comunidades”, explica el profesor Juan Álvaro Echeverri, líder del proyecto desde el Instituto Amazónico de Investigaciones (Imani), con el respaldo del Laboratorio de Lenguas y Diálogo Simétrico de la UNAL Sede Amazonia.
“Gracias a la articulación con el Sistema de Bibliotecas, el proyecto se integra a una plataforma de acceso institucional que garantiza su estabilidad y proyección. El archivo se encuentra en proceso de migración hacia el Sistema Digital de Oralidad de la UNAL, una plataforma que busca articular registros de todo el país con criterios de acceso abierto, mediación pedagógica y salvaguarda cultural”, agrega el profesor Echeverri.
Sin embargo, advierte que “el desafío mayor es que esta iniciativa no dependa exclusivamente de proyectos temporales, esto tiene que ser asumido por la Universidad y por el país, porque forma parte de su memoria”.
Desde sus inicios Ardilia se ha construido a partir de un diálogo simétrico con las comunidades. No es un archivo para investigadores externos sino una herramienta pensada para los pueblos. Por eso cada proceso es distinto: por ejemplo en Mocagua, la Colección Maguta ha fortalecido el museo comunitario que conserva las grabaciones de los maestros de los años 90. En Leticia, el grupo Kaɨ Komuiya Uai trabaja con jóvenes en riesgo, vinculándolos a cantos y danzas como forma de arraigo cultural, y en el Caquetá la iniciativa miraña Neeba Gwajko reactiva el legado de Luis Gwajko, un cantor que grabó decenas de piezas en casetes que casi se pierden y que hoy vuelven a circular gracias al trabajo de sus descendientes.
Ardilia también ha servido como escenario de formación para estudiantes de pregrado y posgrado de la UNAL, quienes participan desde sus propias culturas en procesos de digitalización, análisis etnomusicológico, creación de metadatos o producción de contenidos pedagógicos.
“Estamos cultivando una nueva intelectualidad indígena, jóvenes que valoran sus lenguas y las reconocen como parte de su futuro profesional”, afirma el profesor Echeverri. La propuesta apunta a consolidar una cátedra de oralidades y una política de mediación que asegure la apropiación social del conocimiento más allá de la academia.
Entre los frutos del proyecto se encuentra la elaboración de un artículo científico sobre los aerófonos murui, escrito conjuntamente con el grupo de danza Kaɨ Komuiya Uai, que por primera vez documenta las frecuencias, la construcción y ejecución de estas flautas tradicionales desde una perspectiva colaborativa. “Nunca se había hecho algo así: es conocimiento técnico producido desde el arte y la memoria viva”, resalta el profesor.
Otro de los retos es avanzar hacia una gobernanza étnica de la propiedad intelectual. “Publicamos materiales, pero también debemos preguntarnos quién autoriza, en qué condiciones y para qué se usan. Eso forma parte de una justicia epistémica que debemos construir junto con las comunidades”, indica.
A esto se suma la urgencia de una política sostenida: aunque existen leyes y planes como el Decenio Internacional de las Lenguas Indígenas proclamado por la Unesco, su implementación real sigue siendo frágil. Aunque Colombia cuenta con un Plan Decenal de Lenguas, este apenas comienza a implementarse. “Ya existen los instrumentos jurídicos, pero falta la decisión de convertirlos en acciones reales, con presupuesto, con equipos, con continuidad”, advierte.
El 6 y 7 de junio se celebró en la Maloca Casa Hija, de la UNAL Sede Amazonia, el encuentro de cierre de este proceso de extensión solidaria, liderado por el profesor Echeverri. Allí confluyeron los colectivos indígenas que han participado activamente en la apropiación social del Archivo: el Museo Etnográfico Magütá de Mocagua, la iniciativa Neeba Gwajko del pueblo Miraña, el grupo de danza Kaɨ Komuiya Uai y representantes del pueblo Carijona del Guaviare.
“Los bailes no son solo celebraciones: son formas de curación colectiva. Los cantos que se escuchan en esas noches no son como la música popular, son oraciones, conjuraciones, memoria viva que se canta en grupos, con voces que se elevan como un solo cuerpo y pasos que mueven la energía del territorio”, explicó el profesor.
Durante el primer día los colectivos compartieron sus procesos y aprendizajes; el segundo día estuvo dedicado a la expresión viva de los cantos y danzas trabajados en el marco del proyecto. La noche terminó con un baile de integración que se extendió hasta el amanecer del domingo, como forma de armonizar, celebrar y sostener la continuidad del tejido comunitario.
“No se trata de archivar por archivar. Se trata de activar la memoria a partir de esos registros”, explica el profesor Echeverri. El archivo Ardilia no solo conserva grabaciones de cantos rituales, arrullos y juegos tradicionales: los devuelve a las comunidades, los convierte en herramienta pedagógica y los pone en diálogo con la formación de nuevas generaciones de indígenas que hoy cursan programas universitarios en Leticia y en otras Sedes de la UNAL.
“El archivo es solo una parte. Lo más importante es que estas lenguas no se vean como cosa del pasado, sino como formas vivas de pensamiento, de arte, de sanación colectiva”, concluye. Desde la selva y las voces que la habitan, Ardilia canta, nombra y siembra futuro.