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Sin el coltán y sin el oro

La expectativa que generó en Guainía la búsqueda de coltán, también llamado oro azul, provocó la criminalización de las prácticas mineras de la región y dejó en un vacío jurídico a los colonos e indígenas que vivían de la extracción del oro. Así lo evidencia estudio de la UN.

, 12 de abril de 2015

Entre 2013 y 2014, han sido destruidas 16 balsas mineras que navegaban por el río Inírida, según el representante legal de la Cooperativa de Mineros. foto: Margarita Chaves Chamorro

Las pequeñas casas flotantes que navegaban a diario por el río Inírida, en Guainía, son cada día más escasas. La mayoría de estas minidragas, que arañaban las entrañas de este afluente del Guaviare en busca de oro, fueron destruidas por las autoridades, pues las consideraban ilegales.

Las balsas mineras, traídas por brasileros que recorrieron el Amazonas y la Orinoquia en busca del preciado metal, fueron, desde la década de los 90, el medio de trabajo de indígenas puinaves y curripacos, así como de colonos de esta región del país. Allí, en 1992, el Estado declaró la primera zona minera indígena y otorgó 16 títulos para la extracción.

Hacía el 2009, el territorio se transformó, tras la divulgación de noticias nacionales sobre hallazgos y explotaciones de coltán, un mineral que abrevia la columbita-tantalita y que cuenta con características sobre las cuales no se tenía claridad en la época.

Con el boom mediático de su auge en África y sin entender el contexto local, se generaron expectativas en torno a este compuesto, del cual se extrae el tantalio, componente esencial para fabricar dispositivos electrónicos compactos, como teléfonos móviles, satélites artificiales y gps, entre otros. 

Zona estratégica 

Ante el rumor del nuevo mineral que traería mayores recursos, pero que podría quedar en manos de actores del conflicto armado, el Gobierno declaró una nueva área estratégica minera en Guainía, Vichada, Vaupés y partes del Guaviare y el Amazonas, por medio de la Resolución 0045 de junio de 2012.

Pese a haber redefinido las formas de acceder y controlar los minerales, para blindar las zonas del posible conflicto, esta nueva figura minera dejó en pie la expansión del negocio bajo un modelo de gran empresa y criminalizó cualquier tipo de minería diferente.

Aunque todavía no hay presencia de la industria a gran escala en la región, la medida afectó directamente a más de 200 familias de la cuenca baja del río Inírida y de los resguardos Remanso-Chorrobocón y Venado, quienes quedaron excluidas.

Sergio Barón, representante legal de la Cooperativa de Mineros, asegura que la zona extractiva indígena ha sido abandonada, porque los mineros no ven garantías para sacar el oro. “Tenemos un censo de 596 personas registradas en condición de desplazamiento”, explica.

En este momento, hay explotaciones muy pequeñas, amparadas en procesos de legalización, pero con el riesgo de que en cualquier momento llegue de nuevo la ley.

Según el representante, los operativos de la fuerza pública han contaminado ríos y caños con los explosivos y los derrames de combustible, derivados de la destrucción de maquinaria. “En el 2013, nos quemaron cinco balsas y el año pasado, 11. Quedan muy pocas y de estas depende nuestro sustento”, destaca el minero.

La situación vivida por estas poblaciones fue conocida de primera mano por un antropólogo de la UN, quien encaminó su tesis de maestría al estudio y análisis del fenómeno que generó el oro azul en Guainía. 

Proceso complejo 

“Coltán: falsa bonanza, restructuración territorial y movilización interétnica” es el título de la tesis laureada que nació de esa experiencia y en la que Fernando López Vega, hoy magíster en Geografía, sostiene que el coltán es un término coloquial y mediático que surgió en El Congo (África) hacia el 2001, para llamar la atención sobre la relación entre el conflicto armado y recursos como el tantalio, el tungsteno y el estaño.

Su investigación, desarrollada durante dos años, se resume en cuatro planteamientos: primero, que el coltán no es un mineral, sino una abreviatura de la columbita–tantalita; segundo, que el proceso para extraer tantalio de las rocas es muy complejo como para hacerlo viable y rentable; tercero, que su precio no es comparable con el de elementos como el oro; y, por último, que no hay bases científicas para afirmar que existen grandes cantidades del mineral en esa región.

Las rocas de columbita-tantalita son la fuente principal del tantalio, un elemento liviano con alta conductividad eléctrica, que permite producir microcondensadores con alta capacidad y con dispositivos muy pequeños. Por eso es muy utilizado en el desarrollo de tecnologías de información y comunicación.

Según el investigador, obtener este material es complejo. El 50 % se extrae con procesos de gran minería y el resto con extracción a pequeña escala, como se hace en El Congo, donde existen yacimientos de explotación manual. 

Menos plata 

En cuanto a precios, estos materiales no son equiparables con otros como el oro, que según el Servicio Geológico de los Estados Unidos, desde 1970 al 2012, ha variado anualmente entre 10 millones y 100 millones de dólares por tonelada. Para este mismo periodo, el tantalio presentó cifras entre 100.000 y un millón de dólares, lo que confirma las falsas expectativas nacionales.

El trabajo de campo realizado por el antropólogo López Vega permitió identificar posibles yacimientos de tungsteno, pero no de tantalio.

Según el antropólogo, existe muy poca información geológica sobre el oriente del país. Los recientes análisis realizados por el Grupo de Estudios de Geología y Mineralogía Aplicada de la UN (Gegema) dan cuenta de que no existen yacimientos de tantalio en la región.

Esta información es ratificada en parte por el profesor Thomas Cramer, del Departamento de Geociencias de la UN, autoridad en el país en el tema de mineralogía. En su opinión, para hablar de yacimientos o reservas de tantalio en estas zonas se necesitan estudios profundos y mayor conocimiento, lo que llevaría no menos de 10 años.

En estas zonas, agrega el docente, se han encontrado minerales estratégicos de elementos como el estaño, el wolframio o tungsteno, tierras raras, uranio, torio, niobio, tantalio, titanio y minerales comunes como ilmenitas y rutilos, en algunos casos con inclusiones de pirocloro, niobio y tantalio, que pueden tener un potencial económico. Sin embargo, reitera, “todavía estamos lejos de evaluar su valor real”.

El profesor, integrante del Gegema, afirma que al no existir una economía ni políticas basadas en el conocimiento, se tiende a especular: “Se dio una bonanza basada en la ignorancia, pero también en la esperanza”.

La investigación de López Vega se basó en revisiones de prensa, legislación y archivos, particularmente de la Corporación Autónoma del Nororiente Amazónico (CDA), además del estudio etnográfico, en el cual realizó diferentes entrevistas a indígenas, autoridades regionales y mineros.

El trabajo de campo abrió el panorama al investigador para entender que desde hace más de dos décadas, en el Inírida, las comunidades extraen oro aluvial en lugar de tantalio.

Actualmente, la cooperativa está buscando acercamientos con la Agencia Nacional Minera y con los ministerios de Minas, Medio Ambiente e Interior, para crear una mesa técnica de trabajo que pueda dar solución a los mineros, quienes debido a la falsa expectativa del coltán, se quedaron también sin el oro.

(Por: Víctor Manuel Holguín, Unimedios Bogotá
)
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