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Desarrollo Rural

Reforma Rural Integral, un reto político, social y académico

Implementar la RRI requiere no solo de la voluntad política gubernamental, sino de la participación activa de la sociedad civil y la academia, es decir que estas velen por el cumplimiento de sus grandes objetivos.

Bogotá D. C., 23 de febrero de 2017Agencia de Noticias UN-

En Colombia debe cambiar el paradigma de la ruralidad.

La comunidad académica se ha interesado en los desafíos para implementar la Reforma Rural Integral en esta etapa de posconflicto.

La solución de conflictos sociales, ecológicos y económicos exige un enfoque interdisciplinario.

La academia debe remover los imaginarios según los cuales lo rural es exclusivamente lo agrícola.

Entre estos últimos figuran: disminuir la pobreza; fomentar el uso y la distribución equitativa de la tierra; alcanzar la equidad de género y asegurar la producción agropecuaria en un país que importa buena parte de sus alimentos.

En tal sentido, la profesora Karol B. Barragán Fonseca, Ph. D. de la Facultad de Medicina Veterinaria y Zootecnia de la Universidad Nacional de Colombia (U.N.) Sede Bogotá, considera que las transformaciones estructurales que se viven en América Latina conducen a cambios sociales, políticos, económicos y ecológicos que exigen el cambio de paradigmas para asumir los nuevos desafíos como sociedad.

Para ella, una de estas transformaciones es el posconflicto, a cuenta de los diálogos de paz con la organización insurgente Farc-EP, que en 2016 tuvo como resultado la firma de un acuerdo de seis puntos, el primero de los cuales es, precisamente, la RRI.

La académica Barragán señala que “el acompañamiento a la implementación de la RRI requiere de un cambio de paradigma hacia lo que percibimos como ruralidad, en el que se respete la autonomía de las comunidades y se reconozca la existencia de estructuras productivas no capitalistas capaces de unir la gestión sustentable con la generación de excedentes para incrementar sus niveles de vida, tal como lo advierten Mara Rosas-Baños (Nueva ruralidad desde dos visiones de progreso rural y sustentabilidad: economía ambiental y economía ecológica. Polis, Revista Latinoamericana, 12(34):225-41, 2013) y Jan Douwe van der Ploeg (The peasantries of the twenty-first century: the commoditisation debate revisited. The Journal of Peasant Studies, 37(1):1-30, 2010)”.

Esto a su vez exige un enfoque interdisciplinario en la solución de conflictos sociales, ecológicos y económicos que parta de las comunidades pero acompañado por un diálogo de saberes por parte de la academia.

Retomando conceptos de J. Mora-Delgado (Persistencia, conocimiento local y estrategias de vida en sociedades campesinas. Revista de Estudios Sociales, 29:122-33, 2008) y de Guinjoan, Badia y Tulla (El nuevo paradigma de desarrollo rural. Reflexión teórica y reconceptualización a partir de la “Rural Web”. Boletín de la Asociación de Geógrafos Españoles, 71:179-204, 2016), la docente considera que la academia debe remover el imaginario de que lo rural es exclusivamente lo agrícola o la producción primaria, para que se sepa que este ámbito trasciende a un proceso dinámico con estrategias diversas que facilitan la persistencia de un campesino local, pero conectado con el mundo.

Bioética, tema transversal

Dentro de sus funciones tradicionales, las instituciones de educación superior tienen la docencia, la investigación y la extensión, pilares básicos sobre los que se construye un modelo de universidad democrática con participación activa en la transformación social.

En ese sentido, la investigadora considera que tal vez los académicos deberían replantearse la manera en que están acostumbrados a articular estas tres funciones, teniendo como tema transversal la bioética, ya que el trabajo con personas plantea exigencias desde la ética personal y, sobre todo, desde la ética social (León, FJ. Pobreza, vulnerabilidad y calidad de vida en América Latina: Retos para la bioética. Acta Bioethica, 17(1): 19-29, 2011).

Además observa que “por un lado, negamos el principio bioético de autonomía, puesto que tendemos a ignorar el conocimiento endógeno y muchas veces transferimos conocimientos y tecnología que no se ajustan a sus necesidades. Por lo tanto no se trata de transferencia del saber sino del encuentro de sujetos interlocutores, como lo planteara Paulo Freire en ¿Extensión o comunicación?: La concientización en el campo (Bogotá: Guadalupe. 109p, 1977)”.

Por otro lado, el modelo de desarrollo capitalista no solo ha hecho un uso inadecuado de los recursos naturales, sino que ha generado un proceso de desestructuración y desmantelamiento de lo social que ha invadido todos los ámbitos, debido al debilitamiento de los vínculos humanos y al moldeamiento de comportamientos cada vez más individualistas (Bauman, Z. Miedo líquido. Barcelona: Paidós. 231p, 2007).

Al hablar de desarrollo es necesario tener en cuenta la integralidad de un proceso que incluye tanto lo económico, ecológico y cultural, como la dimensión ético-política orientada al bien común, a lo colectivo, sobre la base de una corresponsabilidad e interacción solidarias (León, op. cit.).

Según su planteamiento, el primer gran objetivo de la academia se debería basar en la formación de futuros profesionales con pensamiento crítico, conscientes del contexto social, económico y ambiental, evitando la hiperespecialización, ya que –como lo plantea Libia Elsy Guzmán (El desarrollo rural desde una perspectiva académica. Revista Colombiana de Ciencia Animal, 5(1):7, 2012)– esto impide tratar correctamente los problemas particulares que solo pueden ser analizados dentro de su entorno global.

Infortunadamente, agrega la profesora Barragán, la mayoría de las carreras asociadas con el sector agropecuario no han sido ajenas a esta fragmentación y han tenido una disyunción con las humanidades produciendo un aislamiento de las realidades de su medio, en contraste con su enorme importancia social.

Más que observadores

La academia no puede seguir siendo observadora externa o instrumento de imposición de modelos de desarrollo que no han funcionado o que continúan ignorando la relación humano-naturaleza-territorio. Ella debe concentrar sus esfuerzos en desarrollar procesos participativos para solucionar problemáticas reales y promover alternativas productivas, sustentables, novedosas y eficientes.

La academia debe sacar el aula del ambiente teórico –que suele rodearla– y nutrirla de la práctica y de los conocimientos endógenos de las comunidades, en los que se exploren y abran múltiples y flexibles formas de interacción con los sectores sociales, con los organismos locales y nacionales, con los organismos no gubernamentales y con el sector productivo.

La académica advierte que la coyuntura sociopolítica que vive Colombia ha logrado que el sector académico se interese en esa realidad antes lejana y empiece a participar en los acontecimientos políticos. De hecho, el Sistema Universitario Estatal (SUE) dio su apoyo al proceso de paz con las Farc-EP. Varias universidades públicas generaron grupos de trabajo para acompañar este proceso. Por ejemplo, la U.N. y la Universidad de Wageningen (Países Bajos) realizaron el foro “Tejiendo redes de investigación para la Reforma Rural Integral en Colombia” con el propósito de fortalecer la implementación de la RRI. Se trata de un evento pionero por cuanto consigue la interacción de la academia con una organización insurgente, el sector civil y representantes de comunidades campesinas, para identificar necesidades y plantear alternativas de manera conjunta, participativa y solidaria.

En términos generales, la academia tiene la importante misión de evolucionar y acomodarse a las trasformaciones sociales. Como bien lo expone Mora-Delgado (2008, op. cit.), abordar la ruralidad implica cambiar la visión lineal y unidimensional –heredada de la formación técnica– por una apertura mental dispuesta a reacomodar los esquemas.

Para tener otras lecturas de la realidad y acomodarnos a los desafíos es fundamental hacer una revisión crítica de diversos conceptos, metodologías y elaboraciones teóricas sobre el desarrollo rural. Lo primero es que todos nos empecemos a reconocer como actores y trabajemos colectivamente para perseguir ese fin común: “un país reconciliado, incluyente, solidario, justo y en paz”, concluye la profesora Barragán.

(Por: fin/KBB/MLA/LOF
)
N.° 326

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