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Economía & Organizaciones

¿Como para qué el TLC?

Una economía puede crecer a buen ritmo si se regula el sector externo y promueve el mercado interno.

Bogotá D. C., 28 de abril de 2011Agencia de Noticias UN-

Obama y los demócratas criticaron los TLC por ser un negocio entre ricos que degrada el empleo y las condiciones de vida de los trabajadores en los países contratantes. Víctor Manuel Holguín/Unimedios

El reto de Colombia no es conseguir más dólares sino aprender a manejar los excesos. No se usan bien los que están disponibles, pero hay afán por conseguir más. AFP

Si Estados Unidos no aprueba el TLC, ayudaría a Colombia a mesurar su aperturismo irracional e incontinente.

Se volvió costumbre el lamento por la demora en la aprobación del TLC con Estados Unidos. La desesperanza ha empezado a invadir al Embajador colombiano en ese país; se le ha escuchado decir “estoy listo para tirar la toalla”. El presidente Santos ya dijo que, “si el TLC no se aprueba este año, no seguiremos insistiendo”. El alma volvió al cuerpo con la visita del senador demócrata y presidente del comité de finanzas del Senado de Estados Unidos, Max Sieben Baucus, quien dijo que el TLC “va a pasar este año”, pero luego el embajador norteamericano declaró a la revista Semana que era necesario revisar el tema social para poder avanzar, algo que por estos días ratificó ante el congreso de su país Miriam Shapiro, la representante comercial alterna estadounidense.

Al extremo se llegó con el tema del ferrocarril interoceánico, del cual la misma publicación afirmó que “sería un tema de preocupación para las economías que hasta ahora han dominado el Atlántico, especialmente Estados Unidos y Europa”. Sin embargo, una nota del New York Times, con el apoyo de algunos expertos, asegura que el proyecto es inviable, que en el Gobierno colombiano ni el Ministro de Transporte tiene noticias del asunto y que el presidente Santos lo ha utilizado solo como una forma de presionar al Congreso de Estados Unidos. En fin, que es un “cuento chino”.

La demora o la posibilidad de que no se apruebe el TLC parece poner en juego el futuro de la economía colombiana, pero con frecuencia los sentidos nos engañan. ¿Dónde están los estudios que demuestran las virtudes del TLC? ¿Es benéfico para todos o es bueno para unos en detrimento de otros? Ya se olvidó que en su momento como presidente, Álvaro Uribe se comprometió a no firmar el tratado si los negociadores de Estados Unidos no aceptaban ciertas cláusulas, y que luego firmó sin que las aceptaran. Siendo así, es previsible que el tratado incremente los desequilibrios, ya crónicos en Colombia.

También llama la atención que los lamentos ocurran en una época en que la mayor parte de América Latina y el propio Estados Unidos han puesto en remojo la idea sobre la utilidad de tales tratados. En la campaña presidencial, Obama y los demócratas criticaron los TLC por ser un negocio entre ricos que degrada el empleo y las condiciones de vida de los trabajadores en los países contratantes. Esa nueva visión ha puesto en la agenda la discusión del componente social de los tratados, pero desde Colombia tanto el presidente de la ANDI, Luis Carlos Villegas, como el presidente Santos la han negado. “Está cerrado con candado”, dijo el mandatario, y dejó claro que preferirá la búsqueda de nuevos mercados.

Reorientación de la economía

Además del tema de los derechos humanos, que se ha vuelto omnipresente, la crisis de Estados Unidos también ha puesto en cuestión la viabilidad de nuevos tratados. Ya funcionarios de alto nivel han manifestado que en América Latina no se puede seguir soñando con crecer a costa del mercado gringo, y han iniciado planes destinados a promover la sustitución de importaciones mediante la reducción de impuestos a los empresarios que trasladen, a territorio estadounidense, la producción que realizan en el extranjero. Es una reorientación de la economía al estilo de Latinoamérica, en donde un país como Argentina ha logrado altas tasas de crecimiento promoviendo el mercado interno y regulando el comercio internacional.

Aun así, es posible que aprueben el TLC por una combinación del complejo de culpa por la guerra de las drogas ilícitas y las presiones de los librecambistas. Y la oposición en Colombia será nula, no porque hayan desaparecido las razones, sino por físico cansancio, pues como lo dijera el economista Javier Fernández Riva (qepd), “el tema ya nos tiene a todos hasta la coronilla”.

En realidad hay mucho mito sobre la desregulación del sector externo. El primero es el de la inversión extranjera directa (IED). Según la United Nations Conference on Trade and Development (Unctad), la IED es un flujo más estable y fácil de servir que otras fuentes, incorpora nueva tecnología adaptada a las condiciones locales, incrementa la productividad de las tecnologías preexistentes, cambia los patrones de consumo, induce el cambio técnico y la eficiencia en las instituciones locales, los proveedores, clientes y competidores. Además, afirma que facilita el acceso a nuevos mercados, el aprovechamiento de las ventajas comparativas y aporta tecnologías de desarrollo limpio y de manejo ambiental. ¡Una verdadera maravilla!

Las bondades de la IED se dan por un hecho y es que es frecuente encontrar sesudos estudios de cómo atraer tal inversión y cómo no caer en pecados que la desincentiven. Sin embargo, en los países en desarrollo no existen análisis al respecto, y buena parte de los que hay ponen en duda sus bondades, en particular si no está acompañada de las regulaciones necesarias.

Aperturismo desenfrenado

Colombia se convirtió en un modelo para mostrar y, según el Doing Business Report 2010 del Banco Mundial, es el país de América Latina más “amigable” para hacer negocios. No obstante, el desempeño de la economía colombiana no respalda las expectativas sobre la IED. Entre 1967 y 1990, el país mantuvo control sobre el flujo de capitales, favorecía el largo plazo y permitía el endeudamiento pero solo justificado en el interés social.

Las empresas extranjeras fueron obligadas a vender parte de sus activos, se les prohibió la inversión en bolsa, tenían limitado el crédito y el giro de utilidades. Este modelo impulsó un crecimiento promedio de 4,65% entre 1969 y 1990.

Luego, a mediados de los años 80, se inició un proceso de desregulación que se convirtió en una política agresiva a comienzos de los 90. Se eliminó gran parte de las restricciones a la IED, se garantizó a los inversionistas extranjeros primero un tratamiento igual al aplicado a los colombianos y luego condiciones más favorables, se desreguló el régimen cambiario y se descentralizaron sus operaciones y controles. Esta nueva fase significó para Colombia un crecimiento de solo 3,39% entre 1991 y 2010.

Así, Colombia creció más en la fase regulada que ahora en la desregulada, hay más dólares circulando pero menos crecimiento. Todo indica, además, que el principal impacto de la IED se reduce a la desnacionalización de las empresas exitosas, a la tercerización de la economía, a los cambios en las variables monetarias causado por el exceso de circulación de divisas, a la degradación del empleo y a la reducción de la capacidad de maniobra de los gobiernos.

La experiencia mundial tampoco respalda la idea de que la IED produzca automáticamente grandes beneficios. En realidad, un país puede crecer con o sin IED, o puede dejar de crecer cuando esta aparece. China, con una IED promedio del 2% del PIB, creció al 9% entre 1976 y 2006; por su parte, Corea del Sur logró un crecimiento promedio del 7% en el mismo periodo pero sin IED.

México, al igual que Colombia, está en la otra orilla: luego de crecer al 6,76% entre 1960 y 1980, ha desregulado el flujo de divisas y ahora crece en promedio por debajo del 3% anual. Su progreso en el ingreso per cápita depende de la pérdida de población por migración hacia Estados Unidos (6 millones entre 1996 y 2005), y por la caída de la tasa de natalidad. Estos ejemplos indican que la clave no es la IED.

Para que este tipo de inversión genere impactos positivos se requieren condiciones inexistentes en Colombia. China, no obstante las apariencias de libre mercado que nos venden cotidianamente, en realidad aplica un fuerte control sobre la IED de acuerdo con un modelo de mercado dirigido por el Estado. Dentro de esta tónica, el país asiático no soporta el libre flujo de divisas ni cualquier tipo de inversión, ejerce un férreo control sobre el sistema bancario y sobre la tasa de cambio. Tanto China como Corea impusieron severos controles a los flujos de capitales y establecieron hasta la pena de muerte para quienes los violaran.

De donde se saca y no se echa…

El segundo mito es el de los beneficios que puede aportar la desregulación del comercio de bienes y servicios. Las amas de casa saben muy bien que “de donde se saca y no se echa se acaba la cosecha”. Estudios de académicos tan connotados como Thirlwall y Krugman han demostrado que este adagio de la sabiduría popular es correcto para el caso de los mercados nacionales. Es claro que, si importamos más de lo que exportamos, crecen más los gastos que los ingresos y generamos más trabajo en el extranjero que el que nuestros clientes extranjeros generan en nuestro mercado. La consecuencia es la reducción del crecimiento económico y del bienestar. Está demostrado –y Estados Unidos lo está experimentando con dolor– que si no se regulan las importaciones, una economía terminará comprando más de lo que vende. En la década de 1970, las divisas disponibles en Colombia eran escasas, sin embargo se regulaba su ingreso y se logró un alto crecimiento económico. Hoy, dadas las posibilidades legales e ilegales para adquirirlas, el exceso de divisas se ha vuelto un asunto crónico. Entonces, el reto para Colombia no es conseguir más dólares sino aprender a manejar los excesos. Si no usamos bien los que ya están disponibles ¿como para qué conseguimos más?

La mejor forma de usar las divisas es mediante la inversión que implique importación de bienes de capital. Esto, por un lado, evita la inflación–revaluación y, por otro, expande y diversifica la producción, eleva la demanda, se obtienen rendimientos crecientes, mayor productividad y bienestar. Este proceso incrementa las exportaciones y reduce las importaciones gracias al aumento de la competitividad, y además amplía la demanda interna derivada del aumento del empleo. La única alternativa a este modelo de inversión es el pago de la deuda externa.

Todo indica que en realidad una economía puede crecer a un buen ritmo solo si regula el sector externo y promueve el mercado interno. “No vamos a regalar el mercado interno, no podemos permitir daños a la industria nacional que impliquen el deterioro de las condiciones laborales de nuestros trabajadores”, dijo Débora Giorgi, ministra de Industria de Argentina. Y razón tendrá, pues están creciendo a un 9% anual y la tasa de desempleo ronda hoy el 7%, luego de que estaba en el 22% a causa de la catástrofe desreguladora.

Estas verdades explican las palabras de Obama en su discurso sobre el estado de la nación: “Sí, el mundo ha cambiado (…) la competencia por los trabajos es real (…) En juego está si los nuevos empleos e industrias se asientan en este país o en otro lugar”.

Así las cosas, solo nos queda rogar por que el congreso de Estados Unidos no apruebe el TLC, ayudándonos de paso a mesurar un aperturismo del cual hemos sido irracionales e incontinentes.

Encuentre este artículo también en http://www.unperiodico.unal.edu.co/dper/article/como-para-que-el-tlc.html

(Por: Fin/Yanod Márquez Aldana, Doctor en Ciencias Económicas UN /feb
)
N.° 708

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